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CAPITULO 9

Y desde las profundidades de la tierra reseca una voz pérdida murmuró: -Mortajo-saaaa-rio.

Y desde la oscuridad algo rodó, se precipitó, sacudiéndose.

Una larga tira de vendaje de momia chasqueó a la luz del sol.

Era como si la tumba misma les hubiera sacado la vieja lengua seca, que ahora yacía a los pies de los chicos.

Los chicos la miraban fascinados. La tira de lienzo tenía cientos de metros de largo, y si así lo deseaban podía conducirlos hacia abajo, hacia las misteriosas profundidades de la tierra egipcia.

Tom Skelton, tembloroso, adelantó un pie para tocar la venda amarilla.

Un viento sopló desde las tumbas, diciendo:

-Sííííí…

-Allá voy- dijo Tom.

Y en equilibrio sobre la tensa cuerda de lienzo, entró a tientas y desapareció en la oscuridad de las cámaras mortuorias.

-¡Sííííí…!- susurró el viento que venía de abajo. –Todos vosotros. Venid. El siguiente. Y el siguiente. Y otro y otro. Rápido.

Los chicos corrieron en la oscuridad por el sendero de lienzo.

-¡Atentos al crimen, muchachos! ¡Muerte!

Los pilares a ambos lados del corredor se animaron de pronto. Unas figuras se estremecieron y se movieron.

El sol dorado bañaba los pilares.

Pero era un sol con brazos y piernas, envuelto en ceñidos vendajes de momia.

-¡Muerte!

Una criatura tenebrosa le asestó al sol un golpe terrible. El sol murió. Los fuegos se extinguieron.

Los chicos siguieron corriendo a ciegas en la oscuridad.

Sí, pensó Tom, siempre corriendo, seguro, quiero decir, ya lo sé, todas las noches el sol se muere. Se va a dormir, y me pregunto ¿Volverá? ¿Estará todavía muerto mañana en la mañana?

Los chicos corrían. En nuevos pilares, a lo lejos, el sol brillaba de nuevo, salía del eclipse.

¡Fantástico!, pensó Tom. ¡Eso es! ¡Amanece!

Pero con idéntica celeridad, el sol fue asesinado otra vez. Sobre cada pilar que iban dejando atrás, el sol moría en otoño y era enterrado en el frío invierno.

A mediados de diciembre, caviló Tom, pienso a menudo: ¡El sol nunca más volverá! ¡Siempre será invierno! ¡Esa vez el sol ha muerto de veras!

Pero a medida que los chicos moderaban la marcha al final del largo corredor, el sol renacía. Llegaba la primavera de cuernos dorados. La luz inundaba de fuego el corredor.

El dios extraño aparecía incandescente en todos los muros; su rostro era un inmenso fuego triunfal, envuelto en cintas áureas.

-¡Huy, demonios, yo sé quién es ése!- resolló Henry-Trampitas. -¡Lo vi una vez en una película con horribles momias egipcias!

-¡Osiris!- dijo Tom

-¡Sssííííí!- siseó desde las profundidades de las tumbas la voz de Mortajosario. –Lección Número Uno de la Noche de las Brujas. Osiris. Hijo de la Tierra y del Cielo, muerto cada noche por un hermano, Tinieblas. Osiris, sacrificado por Otoño, víctima de un pariente nocturno.

»Así sucede en todas las comarcas, muchachos. Todas tienen una fiesta de la muerte, en relación con las estaciones. Calaveras y huesos, muchachos, esqueletos y espectros. En Egipto, hijos, presenciad la Muerte de Osiris, Rey de los Muertos. Mirad largamente.

Miraron largamente.

Habían llegado a un enorme agujero abierto en la caverna subterránea, y por eso agujero alcanzaban a ver una aldea egipcia al anochecer; en los umbrales de las puertas y en los antepechos de las ventanas, la gente dejaba comida en platos de barro y cobre.

-Para los espectros que vuelven a caaasssaaaa- susurró Mortajosario, oculto entre las sombras.

Hileras de lámparas de aceite colgaban de las fachadas de las casas y los humos tenues se elevaban en el aire crepuscular como almas en pena.

Casi podían verse a los fantasmas que se arrastraban por las callejuelas empedradas.

Las sombras se alejaban de los últimos rayos de sol en el poniente y trataban de entrar en las casas. Pero las sombras rondaban y merodeaban la comida caliente, que humeaba en los umbrales.

Un ligero olor a incienso y a polvo de momia alcanzó a los muchachos asomados a esa arcaica Noche de brujas y a los «premios» preparados no para chiquillos vagabundos sino para fantasmas sin hogar.

-¡Demonios…!- murmuraron todos los muchachos.

-No os extraviéis en la oscuridad- cantaban voces en todas las casan al son de arpas y laúdes. –Oh muertos bienamados, volved, volved al hogar. Perdidos en la oscuridad pero queridos siempre. No erréis, no os extraviéis, que aquí seréis bienvenidos.

De las lámparas mortecinas brotaban volutas de humo.

Y las sombras subían a los umbrales y con delicadeza rozaban apenas las ofrendas de comida.

Y en una de las casas vieron que sacaban con sumo cuidado de un armario la momia de un viejo abuelo y la ponían en el sitio de honor de la cabecera de la mesa con un plato ya servido.

Y los miembros de la familia se sentaron a cenar y levantaron las copas y bebieron por el muerto allí sentado, todo polvo y seco silencio.