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CAPITULO 8

La Cometa volaba.

Los chicos colgaban de la Cometa como la preciosa cola de un lagartija, ora meneándose, ora enroscándose, ora chasqueando, ora planeando.

Chillaban de alegría. Gritaban aspirando y espirando bocanadas de miedo. Recorrieron la luna en un signo de admiración. Volaron sobre las colinas, las praderas y las granjas. Se vieron reflejados en corriente, arroyos y ríos penumbrosos a la luz de la luna. Rozaron árboles milenarios. El viento que levantaban al pasar derramaba verdaderos tesoros de moneas recién acuñadas, hojas, aguaceros deslumbrantes para la tierra de pastos ennegrecidos. Volaron sobre el pueblo y pensaron…

¡Oh, mirad para arriba! ¡Ved! ¡Henos aquí! ¡Vuestros hijos!

Y pensaron: ¡Oh, miremos para abajo, allí en alguna parte están nuestras madres, padres, hermanos, hermanas, maestros! ¡Eh, estamos aquí! ¡Oh, alguno, vednos, o nunca lo creeréis!

Y en un planeo final la Cometa silbó, tarareó, tamborileó junto con los vientos para flotar sobre la vieja casa y el Árbol de las Brujas donde por primera vez se encontraran con Mortajosario.

¡Caídas, revoloteos, deslizamientos, precipitaciones, siseos!

La succión de los cuerpos oscilantes llegó a miles de velas, que titilaron, parpadearon, tartamudearon luz, sisearon tratando de encenderse otra vez; las muescas y guiños y sonrisas salvajes de las calabazas colgadas menguaron en sombras entristecidas. El Árbol estuvo muerto durante todo un latido. Luego, cuando la Cometa canturreó subiendo… ¡El Árbol se encendió de golpe con mil nuevos visajes de calabaza, miradas torvas, muecas, sonrisas burlonas!

Las ventanas de la casa, espejos negros, vieron cómo la Cometa se alejaba y se alejaba, hasta que los chicos y la Cometa y el señor Mortajosario fueron muy pequeños sobre el horizonte.

Y así navegaron rumbo a lugares remotos, hacia la Comarca Ignota de la Vieja Muerte y los Años Desconocidos del Tenebroso Pasado…

-¿Adónde vamos?- gritó Tom, colgado de la cola de la Cometa.

-¡Sí! ¿Adónde, adónde?- gritaron todos los chicos, uno tras otro, abajo, abajo.

-¡No adónde sino cuándo!- dijo Mortajosario, que volaba detrás, el amplio albornoz velado henchido de tiempo y viento lunar. -¡Dos mil, contadlos, años antes de Cristo! ¡Pipkin está allí, esperando! ¡Lo huelo! ¡Volad!

De pronto la luna parpadeó. Cerró el ojo, y fue noche oscura. Luego, más y más rápido, centelleó, creció, menguó, creció otra vez. Hasta que titiló más de mil veces cambiando el paisaje allá abajo, y luego cincuenta mil veces, tan rápido que no podían verla, extinguiéndose y encendiéndose otra vez.

Y la luna dejo de titilar y se quedó muy quieta.

Y la tierra había cambiado.

-Mirad- dijo Mortajosario, suspendido en el aire por encima de ellos.

Y los millones de ojos de tigre-león-leopardo-pantera de la Cometa otoñal miraron hacia abajo, como los ojos de los chicos.

Y salió el sol mostrándoles…

Egipto. El Nilo. La Esfinge. Las Pirámides.

-Pero- dijo Mortajosario- ¿Notáis algo… diferente?

-Bueno- boqueo Tom, -todo es nuevo. Está recién construido. ¡Entonces hemos retrocedido de veras cuatro mil años en el Tiempo!

Y sin duda alguna, el Egipto que se extendía allá abajo era arena antigua pero piedra recién tallada, la Esfinge, que posaba las grandes garras de león en la dorada superficie del desierto, era de perfiles nítidos, recién nacida del vientre de las montañas pétreas; un inmenso cachorro en el claro y desierto resplandor del mediodía. Si el sol le hubieses caído entre las patas, lo habría palmoteado como una pelota de fuego.

¿Las Pirámides? Estaban allí como bloques de extrañas formas, también ellas rompecabezas para armar, juguetes de la Esfinge mujer-leona.

La Cometa bajó de golpe y bordeó las dunas de arena, coqueteó sobre una pirámide y fue atraída, como succionada, por la boca abierta de una tumba en un pequeño risco.

-¡Epa, presto!- gritó Mortajosario.

Aleteó y le dio a la Cometa semejante puntapié que los chicos repicaron como clamorosas campanas.

-¡Epa, no!- gritaron.

La Cometa tembló, comenzó a descender, planeó a unos treinta metros por encima de la arena, y se sacudió como un perro salvaje que se quita las pulgas.

Sanos y salvos, los chicos cayeron sobre las arenas doradas.

La Cometa se despedazó en mil jirones de ojos, colmillos, alaridos, rugidos, bramidos de elefante. La boca abierta de la tumba egipcia los absorbió y con ellos a Mortajosario, muerto de risa.

-¡Señor Mortajosario, espere!

Los chicos se levantaron de un salto y corrieron hasta la entrada oscura de la tumba. Entonces miraron arriba y vieron dónde estaban.

El Valle de los Reyes, donde se erguían unos inmensos dioses de piedra. Una extraña lluvia de lágrimas de polvo les brotaba de los ojos, lágrimas de arena y de roca pulverizada.

Los chicos se asomaron a la oscuridad. Como el lecho seco de un río, los corredores descendían a las bóvedas profundas donde yacían los muertos amortajados en vendas de lienzo. Manantiales de polvo rumoreaban y reverberaban en extraños patios, un kilómetro más abajo. Los chicos se estiraban para escuchar. La tumba exhalaba un aliento repulsivo de pimentón, canela y estiércol pulverizado de camello. En algún lugar, una momia soñaba, tosía en sueños, se deshilachaba un vendaje, movía la lengua polvorienta y se volvía para otra siesta de mil años…

-¡Señor Mortajosario!- llamó Tom Skelton.