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CAPITULO 6

Vieron la figura menuda que corría barranca abajo por el sendero.

-Oh, esperadme, esperadme, por favor-. La voz flaqueaba. –No me siento bien. No puedo correr. No puedo…, no puedo…

-¡Pipkin!- gritaron todos, haciendo señas desde el borde del risco.

La figura de Pipkin era pequeña, pequeña, pequeña. Había sombras confusas en todas partes. Los murciélagos volaban. Las lechuzas chistaban. Los cuervos nocturnos se apiñaban como hojas negras en los árboles.

El chico, corriendo con la calabaza encendida, cayó al suelo.

-Oh- jadeó Mortajosario.

La luz de la calabaza se apagó.

-Oh- jadearon todos.

-¡Enciende tu calabaza, Pip, enciéndela!- Chilló Tom.

Le pareció ver a la pequeña figura escarabajeando en el oscuro pastizal allá abajo, tratando de encender una luz. Pero en ese instante de oscuridad, cayó la noche. Un ala inmensa se desplegó sobre el abismo. Muchos búhos ulularon. Muchos ratones escaparon y se deslizaron en la sombras.

Un millón de asesinatos diminutos ocurrieron en algún lugar.

-¡Enciende tu calabaza, Pip!

-¡Auxilio…!- gimió una vocecita angustiada.

Miles de alas remontaron vuelo. En algún sitio una bestia enorme batió el aire como un tambor sordo.

Las nubes, como telones de gasa, se corrieron despejando el cielo. Y allí estaba la luna, un ojo enorme.

Miró abajo…

Un sendero desierto.

No se veía a Pipkin en ninguna parte.

En lontananza, hacia el horizonte, algo oscuro se desmigajó, danzó y se escurrió alejándose en el frío aire estelar.

-Auxilio, auxilio- gimió una voz que se perdía a la distancia.

Y calló.

-¡Oh!- se lamentó el señor Mortajosario. –Esto si que es grave. Me tomo que algo se lo haya llevado.

-¿Adonde, adonde?- balbucearon estremeciéndose los chicos.

-A la Comarca Ignota. El Lugar que os quería mostrar. Pero ahora…

-¿No querrá decir que esa cosa de la barranca, Eso, o Él, o lo que sea, era… la Muerte? ¿Qué se apoderó de Pipkin y… huyo?

-Decir que lo tomó en préstamo sería más correcto, quizá para pedir rescate- dijo Mortajosario.

-¿Puede hacer eso la Muerte?

-A veces, sí.

-Oh, diantre-. Tom sintió que se le humedecían los ojos. –Pip, esta noche, corriendo lentamente, tan pálido. ¡Pip, no tendrías que haber salido!- gritó al cielo, pero allí sólo había viento y nubes blancas flotando como viejos vellones espectrales, y un límpido río de viento.

Se quedaron inmóviles, fríos, trémulos. Miraban hacia el sitio donde la Cosa Oscura había secuestrado al amigo Pipkin.

-Justamente- dijo Mortajosario. –Mayor razón para que vengáis conmigo, muchachos. Si volamos rápido, quizá podamos alcanzar a Pipkin. Rescatar esa alma dulce de maíz acaramelado. Traerlo de vuelta, a meterlo en cama, hacerlo entrar en calor, salvarle el aliento. ¿Qué opináis, muchachos? ¿Os gustaría resolver dos misterios en uno? ¿Buscar a vuestro Pipkin desaparecido y descubrir el secreto de la Noche de las Brujas, todo de una vez?

Los niños pensaron en la Noche de las Brujas y en billones de almas en pena que erraban por aquellos parajes solitarios entre vientos fríos y humos extraños.

Pensaron en Pipkin, no más que un dedal de niño y puro goce estival, arrancado como una muela y arrastrado por un oleaje negro de telarañas y cuernos y hollín.

Y casi al unísono murmuraron:

-Sí.

Mortajosario saltó. Corrió, aporreó, empujó, bramó.

-¡Rápido ahora, por este sendero, subid la loma, ese camino! ¡La granja abandonada! ¡Por encima de la cerca! ¡Allez-upa!

Corriendo saltaron el cerco y se detuvieron junto a un granero que estaba cubierto de arriba debajo de viejos letreros circenses, estandartes deshilachados por el viento y pegados aquí, treinta, cuarenta, cincuenta años atrás. El paso de los circos había dejado saldos y retazos de treinta centímetros de espesor.

-Una cometa, chicos. Haced una cometa. ¡Pronto!