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CAPITULO 5

Las calabazas del Árbol no eran meras calabazas. Cada una de ellas tenía una cara. Cada cara era una cara diferente. Cada ojo era el ojo más extraño. Cada nariz era la nariz más fantasmagórica. Cada boca sonreía repulsivamente de algún nuevo modo.

Debía de haber unas mil calabazas en aquel árbol, colgadas muy arriba y en todas las ramas. Mil sonrisas. Mil muecas. Y dos veces mil miradas torvas y guiños y parpadeos de ojos recién cortados.

Y mientras los muchachos miraban, ocurrió algo nuevo.

Las calabazas se animaron.

Una por una, empezando por las ramas más bajas del árbol y por las calabazas más cercanas, se encendieron velas en los crudos interiores. Ésta y luego aquélla y está y otra más, y más arriba y alrededor, tres calabazas aquí, siete calabazas todavía más arriba, una docena arracimadas más allá; en un centenar, quinientas, mil calabazas se encendieron velas, es decir, se iluminaron caras echando fuego por los ojos cuadrados o curiosamente oblicuos. Las llamas chorreaban de las bocas dentadas, y saltaban chispas de las orejas de corteza madura.

Y desde algún lugar dos voces, tres voces, o quizá cuatro, susurraban y canturreaban una especie de estribillo o de antigua canción marinera que hablaba del cielo y el tiempo y la tierra que daba media vuelta y se quedaba dormida. Los tubos de desagüe soplaban polvo de araña:

Es grande, es ancho…

De la chimenea del tejado humeó una voz:

Es luminoso y ancho.
Cubre el cielo de la Noche de Brujas…

Desde algún lugar, por las ventanas abierta, las telarañas echaron a volar:

La cosa más rara que viste en tu vida.
El Árbol prodigioso de las Brujas…

Las candelas parpadearon y fulguraron. El viento entró tarareando por las bocas de las calabazas, entonando la canción:

Las hojas ardieron en oro y en rojo.
La hierba es parda ahora,
el año viejo ha muerto.
Pero alta cuelga la cosecha, oh, mira,
las constelaciones de fuegos
en el Árbol de la Noche de Brujas.

Tom sintió que la boca se le movía como un ratoncito, queriendo cantar:

Las estrellas giran, las velas arden
y las hojas-ratón se escurren llevadas por el viento frío
y para ti un enjambre de sonrisas se enciende
en las cabezas que cuelgan del Árbol de las Brujas.
La sonrisa de la Bruja y la sonrisa del Gato,
la sonrisa de la Bestia y la sonrisa del Murciélago,
la sonrisa del Segador cosechando,
brillan y cuelgan del Árbol de Todas las Brujas…

Una nubecilla de humo pareció escapar de la boca de Tom:

-Árbol de Todas las Brujas…

Todos los chicos repitieron en un solo murmullo:

-Árbol de Todas las Brujas

Y luego silencio.

Y durante el silencio las últimas triples y cuádruples velas del Árbol de Todas las Brujas se encendieron en constelaciones titánicas, entretejiéndose entre las ramas negras y espiando a través de los tallos y las hojas crepitantes.

Y ahora el Árbol se había convertido en una inmensa Sonrisa sustancial.

Ahora, se había encendido hasta la última calabaza. Alrededor del Árbol el aire era templado como un veranillo de San Juan. El Árbol exhalaba sobre ellos un humo tiznado y un olor a calabaza cruda.

-¡Carambolas!- dijo Tom Skelton.

-¡Epa!, ¿Qué clase de lugar es este?- preguntó Henry-Trampitas, la Bruja-. Quiero decir, primero la casa, el hombre y eso de premios no, sólo prendas, y ahora Nunca en mi vida vi un árbol semejante. Como un árbol de Navidad pero más grande, y todas esas velas y calabazas. ¿Qué significa? ¿Qué pretende celebrar?

-¡Celebrar!- susurró en algún lugar una voz amplia, quizá en los fuelles tiznados de una chimenea, o quizá todas las ventanas de la casa se abrieron a la vez como bocas detrás de ellos, deslizándose hacia arriba, deslizándose hacia abajo, anunciando la palabra <<¡Celebrar!>> con bocanadas de oscuridad-. Sí-dijo el susurro gigantesco que estremeció las velas dentro de las calabazas-, celebración…

Los chicos se dieron vuelta de un salto.

Pero la casa no se movía. Las ventanas estaban cerradas y orladas de charcos de luna.

-¡El último es una vieja solterona!- gritó Tom de pronto.

Y un montículo de hojas los esperaba como viejos fuegos, como viejo oro.

Y se corrieron y se zambulleron en la inmensa y deliciosa parva de hojas otoñales.

Y en el momento de zambullirse, cuando estaban casi a punto de desaparecer bajo las hojas de enjambres crujientes, chillando, gritando, empujándose, cayéndose, se oyó una inmensa inspiración. Los chicos resollaron, retrocedieron como azotados por un látigo invisible.

De la parva de hojas emergía una mano blanca y descarnada, una mano flotante. Y detrás, deshaciéndose en sonrisas, oculta por un momento pero ahora visible mientras se deslizaba hacia arriba, una calavera blanca. Y lo que fuera una deliciosa piscina de hojas de roble, olmo y álamo donde patalear y hundirse y esconderse, era ahora el lugar donde menos querían estar. Pues la blanca mano descarnada volaba por el aire. Y la calavera blanca se elevaba revoloteando ante ellos.

Y los chicos cayeron hacia tras, tropezando unos con otros, con jadeos de pánico, hasta que en una masa informe y aterrorizada rodaron por tierra y se revolcaron y manotearon la hierba para ponerse a salvo, atropellándose, tratando de echar a correr.

-¡Auxilio!-. Gritaron.

-Oh, sí, auxilio- dijo la Calavera.

Y entonces una catarata de agudas carcajadas terminó de paralizarlos, pues de pronto la mano flotante, la mano esquelética, se extendió, tomó la cara blanca de la calavera y… ¡La hundió otra vez en el montón de hojas!

Detrás de las máscaras los chicos parpadearon. Las mandíbulas de todos se aflojaron a la vez, aunque nadie pudo verlas.

El hombrón vestido de negro subió saliendo de las hojas, más alto y todavía más alto. Crecía como un árbol. Le brotaban ramas que eran manos. La silueta negra se recortó contra el Árbol de las Brujas, los brazos extendidos y los largos dedos blancos y huesudos festoneados por globos de fuego anaranjados y sonrisas incandescentes. Tenía los ojos cerrados mientras rugía carcajadas. Abría la boca y dejaba escapar violentas ráfagas de viento otoñal.

-¡Nada de premios, muchachos, no, nada de premios! ¡Prendas, muchachos, Prendas! ¡Prendas!

Los chicos se quedaron tendidos, inmóviles, esperando el terremoto. Y el terremoto llegó. La risotada del hombre alto sacudió el suelo, y el temblor les pasó por los huesos y les salió por la boca. ¡Y les salió en forma de nuevas carcajadas!

Sorprendidos, se sentaron entre las ruinas de la pisoteada parva de hojas. Se llevaron las manos a las máscaras para palpar el aire caliente, que se les escapaba en pequeñas rachas de sonoras carcajadas.

Y entonces miraron al hombre como para confirmar la sorpresa que sentían.

-¡Sí, chicos, ésa, ésa fue una prenda! ¿Lo habíais olvidado? ¡No, nunca lo supisteis!

Y se apoyo contra el árbol, poniendo fin a su arranque de alborozo, sacudiendo el tronco, estremeciendo las mil calabazas; los fuegos danzaron y humearon.

Reanimados por la risa, los chicos se levantaron y se palparon los huesos para ver si tenían algo roto. Nada. Se amontonaron debajo del Árbol de las Brujas, esperando, pues sabían que esto era sólo el comienzo de algo nuevo y especial y grandioso y maravilloso.

-Bueno- dijo Tom Skelton.

-Bueno, Tom- dijo el hombre.

-¿Tom?- gritaron a coro todos los demás-. ¿Eres tú?

Tom, en la máscara de Esqueleto, se puso rígido.

-O eres Box o Fred; no, no, tienes que ser Ralph- se apresuro a decir el hombre.

-¡Todos ésos!- suspiró Tom, ajustándose la máscara, aliviado.

-¡Eso, todos!- dijeron a coro los demás.

El hombre asintió, con una sonrisa.

-¡Bueno, ya está! Ahora sabéis algo de la Noche de Brujas que antes no sabíais. ¿Qué os pareció mi prenda?

-Prenda, sí, prenda.- Los chicos estaban entusiasmándose con la idea. Les desgarrotaba las coyunturas y les metía un polvillo de pecado en la sangre. Sintieron la comezón por todo el cuerpo hasta que se les subió a la cabeza y les iluminó los ojos y les estiró los labios descubriéndoles los dientes de perros felices. –Eso, seguro.

-¿Es esto lo que hace usted en la Noche de Brujas?- pregunto el chico Bruja.

-Esto y más. Pero permitidme que me presente. Mortajosario es mi apellido. Carapacho Clavícula mortajosario. ¿Os dice algo, muchachos? ¿Os suena?

Suena, pensaron los chicos, oh, oh, como sonar…

Mortajosario.

-Un nombre magnífico- dijo el señor Mortajosario con una voz resonante y sepulcral como en una iglesia en sombras-. Y una magnífica noche. ¡Y toda la historia larga, profunda, oscura y salvaje de la Noche de las Brujas esperando para devorarnos de un solo bocado!

-¿Devorarnos?

-¡Sí!- grito Mortajosario-. Chicos, miraos un poco. ¿Por qué tú, niño, te has puesto esa cara de calavera? ¿Y tú, muchacho, por qué llevas una guadaña, y tú, por qué te has disfrazado de Bruja? ¡Y tú, tú, tú, tú!- El dedo huesudo señalo cada una de las máscaras. –No lo sabéis, ¿No? Os ponéis esas caretas y esas viejas ropas apolilladas y escapáis a los saltos, pero en verdad no sabéis, ¿No?

-Bueno- Dijo Tom, como un ratón detrás de la cadavérica muselina-. Humm… no.

-Verdad- dijo el chico Diablo. -Ahora que lo pienso, ¿Por qué me puse esto?- Se toqueteó la capa roja y los puntiagudos cuernos de goma y el precioso tridente.

-¿Y yo, esto?- dijo el Fantasma, arrastrando unas largas y blancas sábanas sepulcrales.

Y todos los muchachos se pusieron a pensar, y se tocaban los disfraces y se acomodaban las máscaras.

-Pues entonces, ¿No os divertiría averiguarlo?- preguntó el señor Mortajosario-. ¡Yo os lo contaré! ¡No, os lo mostraré! Si nos alcanza el tiempo…

-No son más que las seis y media de la tarde. ¡La fiesta ni siquiera ha comenzado!- dijo Tom-de-los-hueso-fríos.

-¡Es cierto!- dijo el señor mortajosario-. Muy bien, chicos…, ¡Venid conmigo!

El hombre caminó a grandes pasos. Los niños corrieron.

En el borde de la profunda y oscura cañada envuelta en las sombras de la noche, el hombre señaló un punto más arriba del perfil de las colinas y de la tierra, alejado del resplandor de la luna, bajo la tenue luz de unos astros extraños. El viento agitó el albornoz negro y el capuchón que ocultaban a medias al hombre y le descubrió apenas el rostro casi descarnado.

-Allí, muchachos, ¿La veis?

-¿Qué?

-La comarca Ignota. Allá lejos. Mirad largamente, mirad intensamente, regocijaos. El pasado, muchachos, el Pasado. Oh, sí, es oscuro, y está poblado de pesadillas. Ahí yace enterrada la Fiesta de las Brujas. ¿Buscaréis los huesos, muchachos? ¿Tenéis agallas para eso?

El hombre los miró con ojos ardientes.

-¿Qué es la Fiesta de las Brujas? ¿Cómo empezó? ¿Dónde? ¿Por qué? ¿Para qué? Brujas, gatos, polvo de momias, fantasmas. Todo está ahí, en es comarca de la que nadie regresa. ¿Os hundiréis en ese oscuro océano, muchachos? ¿Volaréis en ese cielo tenebroso?

Los muchachos tragaron saliva con dificultad. Uno de ellos pió:

-Nos gustaría, pero… Pipkin. Tenemos que esperar a Pipkin.

-Sí, Pipkin nos mandó a la casa de usted. No podríamos ir sin él.

Como conjurado por el nombre, en ese preciso instante oyeron un grito desde el extremo más lejano de la barranca.

-¡Eeeeh! ¡Aquí estoy!- gritó una voz frágil. Y allí, en la otra orilla de la cañada, vieron la pequeña figura de Pipkin, de pie, con una calabaza encendida.

-¡Por aquí!- le gritaron a coro -¡Pipkin! ¡De prisa!

-¡Voy!- fue la respuesta. –No me siento muy bien. Pero tenía que venir, ¡Esperadme!