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CAPITULO 4

Se lanzaron barranca abajo en impetuosa carrera, todos risas y empellones, todos codos y tobillos, todos resoplidos de vapor, para tropezar y atropellarse cuando Tom Skelton se detuvo y señalo el sendero cuesta arriba.

-Aquélla- cuchicheó-. ¡Aquélla es la única casa del pueblo que vale la pena visitar en la Noche de Las brujas! ¡Aquélla!

-¡Sí!- dijeron todos.

Porque era verdad. La casa era muy especial y hermosa y alta y oscura. Había miles de ventanas en los lados, todas centelleando con estrellas frías. Parecía haber sido tallada en mármol negro, y no construida con maderas. ¿Y por dentro? Quién podría adivinar cuántos cuartos, cuántos salones, corredores rumorosos, buhardillas. Buhardillas superiores e inferiores, unas más altas que otras, y algunas más polvorientas y más tapizadas de telarañas y hojas muertas o con más oro escondido allá arriba en el cielo, aunque perdido a tal altura que ninguna escalera del pueblo podía llevarte hasta allí.

La casa hacía señas con las torres, invitaba con las puertas cerradas a cal y canto. Los barcos piratas son un tónico. Las fortalezas antiguas son una bendición. Pero una casa, una casa encantada, ¿Y en la Víspera de Todos los Santos? Ocho pequeños corazones latieron a la vez en una tormenta de júbilo y aprobación.

-Vamos.

Pero ya se atropellaban por el sendero. Hasta que se detuvieron por fin ante un muro derruido, mirando arriba y arriba y más arriba aún el gran cementerio que coronaba la vieja casa. Porque eso parecía. El alto pico montañoso de la mansión estaba coronado con algo así como huesos ennegrecidos o varillas de hierro, y chimeneas suficientes como para enviar señales de humo desde tres docenas de fuegos encendidos en hogares tiznados de hollín ocultos allá abajo en las oscuras entrañas de este sitio monstruoso. Con todas esas chimeneas, el tejado parecía un vasto cementerio; cada chimenea era como la sepultura de un antiguo dios de fuego, o de una hechicera de vapor, humo y destellos de luciérnagas. Y mientras miraban, una bocanada de renegrido hollín escapó de unas cuatro docenas de chimeneas altas, oscureciendo aún más el cielo, y apagando unas pocas estrellas.

-¡Diantre! –Exclamó Tom Skelton-. ¡No hay duda de que Pipkin sabe lo que dice!

-¡Diantre!- dijeron todos, asintiendo.

Avanzaron con cautela por un sendero infestado de malezas que llevaba al ruinoso porche delantero.

Tom Skelton, y solo Tom, plantó un pie huesudo en el primer escalón del porche. Los otros contuvieron el aliento ante esa audacia.

Y luego, en tropel, una masa compacta de muchachos sudorosos invadió el porche entre las protestas feroces de los tablones pisoteados y los temblores de los cuerpos. Todos querían retroceder, dar media vuelta, correr, pero se encontraban atrapados por el muchacho de atrás, o por el de adelante o por el del costado. Y así, con un empuje de seudópodo aquí y allá, la forma amebiana, la gran exudación de chiquillos se inclinó hacia adelante, y luego de una carrerita se detuvo frente a la puerta principal de la casa, que era alta como un ataúd y dos veces más estrecha.

Allí se quedaron un largo rato, extendiendo varias manos como las patas de una inmensa araña que se adelantaban a tocar la fría perilla, o alcanzar el llamador de esa puerta. Mientras tanto debajo de ellos las tablas del porche se hundían y ondulaban, amenazando ceder en cada movimiento un poco brusco, haciéndolos caer a un abismo subterráneo de cucarachas. Los tablones, afinados todos en claves diferentes, La, Fa o Do, entonaban una pavorosa música cuando los pesados zapatones raspaban la madera. De haber tenido tiempo, si fuese mediodía, habrían bailado la danza de los cadáveres o el rigodón de los esqueletos, pues ¿Quién puede resistirse a un viejo porche que como un xilofón gigantesco sólo pide que le salten encima para hacer música?

Pero ellos no estaban pensando en eso.

Henry-Trampitas Smith (porque era él), escondido en el negro disfraz de Bruja gritó:

-¡Mirad!

Y todos miraron el llamador de a puerta. Tom le acercó una mano temblorosa.

-¡Un llamador Marley!

-¿Cómo?

-Tú sabes, Scrooge y Marley, ¡De Cuento de Navidad!- murmuró Tom.

Y en verdad, la cara del llamador era la cara de un hombre con un atroz dolor de muelas, la mandíbula atada con un pañuelo, el pelo revuelto, la boca abierta en una mueca que mostraba los dientes, la mirada salvaje. Más-muerto-que-un-adoquín-Marley, amigo de Scrooge, habitante de comarcas más allá del sepulcro, condenado a errar por esta tierra eternamente hasta que…

-Llama- dijo Henry-Trampitas.

Tom Skelton tomó la mandíbula fría y siniestra del viejo Marley, la levantó y la dejó caer.

¡Y todo trepidó con el golpe!

La casa entera se estremeció, y se le entrechocaron los huesos. Las cortinas se enrollaron y las ventanas parpadearon y se abrieron muy grandes los ojos pavorosos.

Tom Skelton saltó como un gato a la barandilla del porche, y miró arriba, fascinado.

En el tejado giraban veletas misteriosas. Un gallo bicéfalo volteaba en los estornudos del viento. En la cornisa occidental del tejado, los bufidos gemelos de una gárgola bajaban en compactas lluvias de polvo. Y desde los largos, zigzagueantes y serpentinos tubos de desagüe cuando los estornudos cesaban y las veletas dejaban de girar, una vaharada de hojas de otoño y telaraña caía en ráfagas sobre el césped oscuro.

Tom dio media vuelta para mirar las ventanas ligeramente estremecidas. Los reflejos de la luna temblaban en los cristales como inquietos cardúmenes plateados. De pronto, con una vuelta de la perilla, y una mueca del llamador Marley, la puerta de entrada se sacudió y se abrió de par en par.

El viento de la puerta que se abrió de pronto casi barre del porche a los chicos. Se tomaron por los codos unos a otros, gritando. Entonces, dentro de la casa, la oscuridad inspiró. Un viento de succión entró por la puerta. Tironeó de los chicos, los arrastró por el porche. Tuvieron que echarse hacia atrás para que no los remolcara al interior del vestíbulo negro. Se debatieron, gritaron, se aferraron a las barandas del porche. Pero de pronto el viento cesó.

La oscuridad se movió en la oscuridad.

Dentro de la casa, muy lejos, alguien venía hacia la puerta. Quienquiera que fuese, debía de estar vestido todo de negro, porque sólo se veía un blanco rostro pálido que flotaba en el aire.

Una sonrisa pérfida llegó y se quedó allí, suspendida en el vano, frente a ellos.

Detrás de la sonrisa, el hombre alto se escondía en la sombra. Ahora podían verle los ojos, diminutas cabezas de alfiler de fuego verde en los pozos calcinados de las órbitas, clavados en ellos.

-Bueno- dijo Tom-. Mmm… ¿Prenda o premio?

-¡Prenda- dijo la sonrisa en la oscuridad-. ¿Premio?

-Sí, señor.

En algún lugar, el viento tocó una flauta en una chimenea, una antigua canción del tiempo y la oscuridad y lugares remotos. El hombre alto cerró su sonrisa como una navaja reluciente.

-Nada de premios- dijo-. ¡Sólo… Prendas!

¡La puerta golpeó!

En la casa resonaron aguaceros de polvo.

Nuevas fumaradas de polvo brotaron en copos de los tubos de desagüe, como una estampida de gatos plumosos.

El polvo jadeaba en las ventanas abiertas. El polvo resoplaba bajo los pies de los niños en los tablones del porche.

Los niños miraban como hipnotizados la puerta cerrada a cal y canto. La mueca siniestra del llamador había desaparecido; ahora Marley sonreía malignamente.

-¿Qué diantre quiso decir? –Preguntó Tom-. ¿Nada de premios, solamente prendas?

Se replegaron a un costado, y los sorprendió la variedad de ruidos que venían de la casa. Toda una algarabía de cuchicheos, chirridos, crujidos, lamentos y murmullos; y el viento nocturno cuidaba de que los niños los oyeran todos. A cada paso que daban, la gran casa se inclinaba gruñendo, detrás de los niños.

Llegaron al otro extremo de la casa y se detuvieron. Pues allí estaba el Árbol. Y nunca en la vida habían visto un árbol semejante.

Se alzaba en el centro de un patio amplio, detrás de la mansión terriblemente misteriosa. Y este árbol tenía casi treinta metros de altura, y era más alto que los altos tejados, y exuberante y redondo y frondoso, y estaba cubierto de una infinita variedad de hojas otoñales, rojas, pardas y amarillas.

-Pero…, mirad, ¡Oh! –Cuchicheó Tom-. ¿Qué es eso allá arriba, en ese árbol?

Porque del árbol colgaban toda clase de calabazas de las más diversas formas y tamaños y de muchas tonalidades y matices de anaranjado brillante y amarillo humo.

-Un árbol calabacero- dijo alguien.

-No- dijo Tom.

Entre las ramas altas sopló el viento y agitó levemente el cargamento rutilante. –Un Árbol de las Brujas- dijo Tom. Y tenía razón.