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CAPITULO 3

La puerta de calle se abrió.

Pipkin salió.

No voló. No dio un portazo. No estalló.

Salió.

Caminó por el sendero hacia sus amigos.

No corrió. ¡Y no llevaba máscara! ¡Ninguna máscara!

Caminaba como un viejo, casi.

-¡Pipkin!- vociferaron los amigos para ahuyentar la inquietud que sentían todos.

-Qué tal, chicos- dijo Pipkin.

Estaba pálido. Trató de sonreír, pero tenía algo extraño en los ojos. Se apretaba el costado derecho con una mano, como si le molestara un forúnculo.

Todos le miraron la mano. Pipkin la retiró del costado.

-Bueno- dijo desganadamente-. ¿Listos ya para empezar?

-Sí, pero tú no pareces listo- dijo Tom-. ¿Estás enfermo?

-¿En la Noche de Brujas? –dijo Pipkin-. ¿Me tomas el pelo?

-¿Dónde está tu disfraz?

-Vosotros marchad, ya os alcanzaré.

-No, Pipkin, esperaremos a que tú…

-En marcha- repitió Pipkin, hablando lentamente, mortalmente pálido ahora. Otra vez tenía la mano en el costado.

-¿Te duele la barriga? –le preguntó Tom-. ¿Se lo dijiste a tus padres?

-¡No, no, no puedo! Ellos… -Pipkin se interrumpió, los ojos llorosos. –No es nada, os aseguro. Mirad. Esperadme en la cañada. En la casa, ¿Sí? La casa de los Fantasmas, ¿De acuerdo? Nos encontraremos allí.

-¿Lo juras?

-Lo juro. ¡Ya veréis mi disfraz!

Los chicos empezaron a retirarse. Al pasar junto a él le tocaban el codo, le golpeaban levemente el pecho, le pasaban los nudillos por la barbilla, en una simulada pelea.

-Bueno, Pipkin. Siempre que estés seguro…

-Estoy seguro–. Pipkin se sacó la mano del costado. Por un momento los colores le volvieron a la cara como si ya no sintiera ningún dolor. –Cada uno a su puesto. Listos. ¡Ya!

Cuando Joe Pipkin decía <>, era Ya.

Partieron a la carrera.

Corrieron de espaldas hasta la esquina para poder ver a Pipkin allí, de pie, saludándolos con la mano.

-¡Date prisa, Pipkin!

-¡En seguida voy!- gritó Pipkin, desde muy lejos.

La noche lo devoró.

Corrieron. Cuando se volvieron a mirar, Pipkin ya no estaba allí.

Golpeaban puertas, gritaban <>, y las bolsas de papel empezaron a llenarse de golosinas increíbles. Galopaban con los dientes pegoteados por la rosada goma de mascar. Corrían con los labios de cera roja que les trastornaban las caras.

Pero quienes les abrían las puertas parecían réplicas acarameladas de las madres y padres de todos ellos. Era como si nunca hubiesen salido de casa.

Las ventanas, los portales, irradiaban demasiada cordialidad. Lo que ellos querían era oír dragones regurgitando en sótanos, y puertas que se golpeaban en castillos.

Y así, siempre mirando hacia atrás para ver si venía Pipkin, llegaron a las afueras del pueblo y al sitio donde la civilización se hundía en la oscuridad.

La cañada.

La cañada poblada de innumerables ruidos nocturnos, guarida de corrientes y arroyos negros como tinta, restos de otoños ataviados en fuego y en bronce y que habían muerto mil años atrás. En esa cañada pululaban los hongos y las setas y las ranas frías como la piedra y las escolopendras y las arañas. Allí, en el fondo, había un largo túnel subterráneo de aguas envenenadas que goteaban y cuyos ecos no cesaban de llamar Ven Ven Ven y si vienes te quedarás aquí para siempre, para siempre, goteando, para siempre, susurrando, fluyendo, precipitándote, cuchicheando, y nunca te irás, nunca te irás ras ras ras…

Los chicos se alinearon a la orilla de la oscuridad, y miraron abajo.

Y entonces Tom Skelton, con frió en los huesos, silbó entre dientes como el viento nocturno que sopla entre las celosías de la alcoba. Señaló.

-Allí…, ¡Allí es donde dijo Pipkin!

Tom Skelton desapareció.

Todos miraron. Vieron la figura pequeña que se precipitaba cuesta abajo por el sendero polvoriento, hundiéndose en cien millones de toneladas de noche acumuladas en ese inmenso pozo, ese sótano húmedo, esa garganta deliciosamente aterradora. Aullando, se zambulleron tras él.

Desaparecieron. El pueblo quedo atrás atosigándose de dulzura.