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CAPITULO 2

¿Por qué esperaban por un chiquillo, por qué temían por él?

Porque…

Porque Joe Pipkin era el chico más extraordinario que hubiera existido jamás. El mejor; cuando se caía de un árbol se reía de la broma. El más generoso; cuando corría alrededor de la pista e iba ganando, viendo a sus amigos rezagados allá lejos, a un kilómetro de distancia, trastabillaba y se dejaba caer, esperaba a que lo alcanzasen, y luego todos juntos, codo con codo, rompían la cinta de llegada. El más divertido; siempre descubría las casas embrujadas del pueblo, difíciles de encontrar, y regresaba a darles la noticia y a llevarlos a todos a husmear por los sótanos y a trepar por los muros cubiertos de hiedra y a gritar por los huecos de las chimeneas y orinar desde los tejados, ululando y bailando como chimpancés y aullando como orangutanes. El día que nació Joe Pipkin toda la Naranja Crush y la soda Nehi del mundo burbujearon desbordando en las botellas, y enjambres de abejas alborozadas invadieron las campiñas para picar a las solteronas. En los cumpleaños de Pipkin, el lago se alejaba de la costa en pleno verano, y retornaba con una marea de chiquillos, un corcovo de cuerpos y una rompiente de carcajadas.

En los amaneceres, desde la cama, oías en la ventana el picoteo de un pájaro. Pipkin.

Asomabas la cabeza al aire matutino del estío, límpido como aguanieve.

Allí sobre el césped húmedo de rocío había huellas de conejo, donde un momento antes no una docena de conejos sino sólo un conejo había corrido en círculos y zigzagues, jubiloso, exultante, saltando setos, tronchando helechos, aplastando tréboles. Parecía el campo de maniobras de la terminal ferroviaria. Un millón de huellas en el césped, pero no…

Pipkin.

Y de pronto brotaba allí, en el jardín, como un girasol silvestre, carirredondo, arrebolado por el sol recién nacido. Los ojos de Pipkin chisporroteaban mensajes secretos en Morse.

-¡Date prisa! ¡Está por terminar!

-¿Qué?

-¡El día! ¡Ahora! ¡Seis de la mañana! ¡Zambúllete! ¡Crúzalo!

O:

-¡El verano! ¡El verano! Antes que te des cuenta, ¡Bum!..., ¡Se ha ido! ¡Pronto!

Y desaparecía como girasol y reaparecía todo cebollas.

Pipkin, oh, querido Pipkin, el mejor y el más adorable.

Como podía ser tan rápido, nadie lo sabía. Las zapatillas de tenis de Pipkin eran viejísimas. Verdes de tanto andar por los bosques, parduscas por las viejas caminatas en la siega de septiembre un año atrás, manchadas de alquitrán por las carreras a lo largo de los muelles y las playas donde atracaban las barcazas carboneras, amarillentas por los perros negligentes, atravesadas de astillas por trepar a los cercos de madera. Las ropas de Pipkin eran ropas de espantapájaros, que él prestaba a los perros para que pasearan de noche por el pueblo, mordisqueadas en los puños y con marcas de caídas en las asentaderas.

¿El cabello de Pipkin? Un gran erizo de tiesas dagas de color castaño claro que apuntaban en todas direcciones. Las orejas: pura pelusilla de melocotón. Las manos, enguantadas de polvo y del buen olor de los airdales, y la menta, y los melocotones robados de las huertas lejanas.

Pipkin. Una amalgama de velocidades, olores, texturas; un compendio de todos los chicos que alguna vez corrieron, se cayeron, se levantaron, y corrieron de nuevo.

Nadie, a lo largo de los años, lo había visto quieto alguna vez. Era difícil recordarlo en la escuela, en un banco, durante una hora. Era el último en llegar y el primero en salir como una tromba cuando la campana remataba el día.

Pipkin, encantador Pipkin.

Cantaba muy alto con voz de falsete y tocaba la chicharra y odiaba a las niñas más que toda la pandilla junta. Pipkin, que al tomarte por el hombro, y al secretearte los grandes proyectos del día, te protegía del mundo. Pipkin.

Esperaban frente a la casa. Ahora, en cualquier momento, las puertas se abrirían de par en par. Pipkin saltaría a la calle en una ráfaga de fuego y humo. ¡Y entonces la Noche de las Brujas empezaría de verdad!

¡Vamos, Joe, oh, Pipkin –murmuraban-, sal de una vez!