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CAPITULO 19

Por la oscura calle nocturna, a la vuelta de una esquina, apareció una mujer que llevaba sobre los hombros dos vasijas gemelas repletas de carbones encendidos. De esos montones de ascuas encarnadas brotaban unas luciérnagas de chispas que volaban con el viento. Por donde pasaba con los pies desnudos dejaba una estela de chispas que pronto se extinguían. Sin una palabra, arrastrando los pies, dobló en otra esquina, se internó en un callejón, y desapareció.

Tras ella iba un hombre llevando sobre la cabeza, ligero, ligero como una pluma, un pequeño ataúd.

Era una caja de madera blanca común y cerrada con clavos. A los costados y sobre la tapa de la caja había baratas rosetas de plata, flores de seda y de papel hechas a mano.

Dentro del cajón estaba…

Los muchachos tenían los ojos fijos en ese cortejo fúnebre de dos. Dos, pensó Tom. El hombre y el cajón, sí, claro, y lo que iba dentro del cajón.

El hombre, solemne el rostro, balanceando el ataúd en lo alto de la cabeza, entró muy erguido en la iglesia cercana.

-Era…- tartamudeó Tom, -¿era otra vez Pipkin el que estaba dentro de ese cajón?

-¿Qué te parece a ti, hijo?- preguntó Mortajosario.

-No sé- lloriqueó Tom. –Sólo sé que ya he tenido bastante. La noche ha sido demasiado larga. He visto demasiado. Lo sé todo, diantre ¡todo!

-Sí- dijeron los otros, apeñuscándose, tiritando.

-Y tenemos que volver a casa, ¿no? ¿Y qué pasa con Pipkin? ¿Dónde anda? ¿Está vivo o está muerto? ¿Podemos salvarlo? ¿Se ha perdido? ¿Hemos llegado quizá demasiado tarde? ¿Que hacemos?

-¡Qué! Gritaron todos, y las mismas preguntas volaban de las bocas, estallaban y las manaban de los ojos. Todos se aferraron a Mortajosario como si quisieran obligarlo a contestar, arrancarle la respuesta de los huesos.

-¿Qué hacemos?

-¿Para salvar a Pipkin? Una última cosa. ¡Mirad ese árbol!

Del Árbol de las Brujas colgaba una docena de piñatas: diablos, fantasmas, calaveras, brujas que se mecían con el viento.

-¡Romped vuestra piñata, chicos!

Les pusieron palos en las manos.

-¡Golpead!

Gritando, golpearon. Las piñatas se hicieron pedazos.

Y de la piñata Esqueleto cayó una lluvia de mil hojas-esqueletos. Revolotearon en enjambre sobre Tom. El viento se llevó consigo los esqueletos, las hojas y a Tom.

Y de la piñata Momia cayeron centenares de frágiles momias egipcias que levantaron vuelo hacia el cielo, y Ralph con ellas.

Y así cada chico golpeó, rompió y dejó en libertad infinidad de imágenes de ellos mismos que danzaban como las mosquitas del vinagre, y así los diablos, las brujas, los fantasmas gritaron y se aferraron y todos los chicos y las hojas rodaron por el cielo, y tras ellos Mortajosario riendo a carcajadas.

Rebotaron en los últimos callejones del pueblo. Retumbaron y patinaron como piedras en las aguas del lago…

…para aterrizar rodando en una confusión de rodillas y codos sobre una colina todavía más lejana. Por fin consiguieron sentarse.

Se encontraban en un cementerio abandonado sin gente ni luces. Sólo piedras como inmensas tortas de bodas, recubiertas de antigua luz lunar.

Y mientras observaban, Mortajosario, aterrizando con ligereza sobre sus pies, con un movimiento rápido y silencioso, se agachó. Tomó un barrote de hierro que asomaba de la tierra. Tiró.

Unos goznes rechinaron y una puerta trampa en abrió en el suelo.

Los chicos se aproximaron al borde de la gran caverna.

-Cat…- tartamudeó Tom. -¿Catacumbas?

-Catacumbas- Mortajosario señaló.

Las escaleras descendían en la seca tierra polvorienta.

Los muchachos tragaron saliva.

-¿Pip está ahí abajo?

-Id a buscarlo, muchachos.

-¿Está solo ahí abajo?

-No. Hay cosas con él. Cosas.

-¿Quién va primero?

-¡Yo no!

Silencio.

-Yo- dijo Tom al fin.

Puso el pie en el primer escalón. Se hundió en la tierra. Dio otro paso. Y de repente desapareció.

Los otros lo siguieron.

Bajaron los peldaños en fila india y con cada escalón que bajaban la oscuridad era más oscura y con cada escalón que bajaban el silencio era más silencioso y con cada escalón que bajaban la noche ahondaba como un pozo muy negro y con cada escalón que bajaban los acechaban las sombras y parecían abalanzárseles desde la gran caverna que los esperaba allá abajo. Racimos de murciélagos parecían colgar apenas por encima de las cabezas de los niños, con chillidos tan altos que no se oían. Sólo los perros alcanzaban a oírlos, se ponían histéricos, abandonaban allí los pellejos de perro, y huían despavoridos. Con cada escalón que bajaban el pueblo se alejaba y la tierra y toda la buena gente de la tierra. Hasta el cementerio de la colina parecía distante. Se sentían abandonados. Se sentían tan solos que tenían ganas de llorar.

Porque cada escalón que bajaban los separaba un billón de kilómetros de la vida y las camas tibias y la buena luz de las velas y las voces maternas y el humo de la pipa de papá, que carraspeaba de noche de modo que uno se sentía bien sabiendo que estaba allí en algún lugar de la oscuridad, vivo y dándose vuelta en sueños capaz de golpear con los puños cualquier cosa que fuera necesario golpear.

Escalón tras escalón y por último al pie de la escalera, escudriñaron la larga caverna, el largo recinto.

Y allí estaba toda la gente, y muy callada.

Habían estado callados durante largo tiempo.

Algunos de ellos habían estado callados durante treinta años.

Algunos habían permanecido en silencio desde hacía cuarenta años.

Algunos se habían quedado mudos durante setenta años.

-Ahí están- dijo Tom.

-¿Las momias?- susurró alguien.

-Las momias.

Una larga fila de momias, de pie contra los muros. Cincuenta momias contra el muro derecho. . Cincuenta momias contra el muro izquierdo. Y cuatro momias esperando en la oscuridad contra el muro del fondo. Ciento cuatro momias secas como polvo, más solitarias que ellos, más solas de lo que ellos pudieran sentirse jamás en la vida, aquí abandonadas, olvidadas, lejos de los ladridos de los perros y de las luciérnagas y de las dulces canciones de los hombres y las guitarras en la noche.

-Caramba- dijo Tom. –Toda esta pobre gente. Oí hablar de ellos.

-¿Cómo?

-Los familiares no pudieron pagar el arrendamiento de las tumbas, y entonces el sepulturero los desenterró y los puso aquí abajo. La tierra es tan seca que los momifica. Y mirad, observad cómo están vestidos.

Los chicos miraron y advirtieron que algunas momias viejas vestían ropas de labriegos, o de muchachas campesinas, o trajes oscuros de comerciantes, y hasta había un torero en polvoriento traje de luces. Pero dentro de los trajes todo era huesos frágiles y piel y telas de araña y polvo que caía en sacudidas entre las costillas si uno estornudaba estremeciéndolos.

-¿Qué es eso?

-¿Qué, qué?

-¡Sssst!

Todos escucharon.

Escudriñaron la larga bóveda.

Todas las momias los miraron con ojos vacios. Todas las momias esperaron con las manos vacias.

Alguien estaba llorando en el fondo del recito largo y oscuro.

-Ahhh…- llegaba el sonido.

-Oh…- llegaba el llanto.

-Iiii…- lloraba la vocecita.

-Es…, pero si es Pip. Lo oí llorar una sola vez, pero es él, Pipkin. Y está prisionero allí, en la catacumba.

Los chicos miraron.

Y vieron, treinta metros más allá, acurrucada en un rincón, atrapada en la parte más distante de la catacumba, una pequeña figura que… se movía. Se le sacudían los hombros. Agachaba la cabeza y se la cubría con manos trémulas. Y detrás de las manos la boca gemía, asustada.

-¿Pipkin…?

El llanto cesó.

-¿Eres tú?- susurró Tom.

Una larga pausa, un suspiro tembloroso, y luego:

-…sí.

-Cuernos, Pip, ¿Qué haces aquí?

-¡No sé!

-¿Puedes salir?

-N… no puedo. ¡Tengo miedo!

-Pero, Pip, si te quedas allí…

Tom se interrumpió.

Pip, pensó, si te quedas, te quedas para siempre. Te quedas con todo el silencio y con los solitarios. Te sumas a la larga hilera y los turistas vienen a mirarte y compran entradas para mirarte un poco más. Tú…

-¡Pip!- dijo Ralph detrás de su máscara. –Tienes que salir.

-No puedo- sollozó Pipkin. –Ellos no me dejarán.

-¿Ellos?

Pero sabían que hablaba de la larga hilera de momias. Para poder salir tendría que abrirse paso entre la doble fila de pesadillas, misterios, terrores, horrores y espectros.

-Ellos no pueden detenerte, Pip.

Pip dijo:

-Oh, sí, pueden.

-…pueden…- repitieron los ecos en lo más profundo de la catacumba.

-Tengo miedo de salir.

-Y nosotros tenemos…- dijo Ralph.

Miedo de entrar, pensaron todos.

-Tal vez si eligiésemos un valiente…- dijo Tom, y se interrumpió.

Porque Pipkin estaba llorando otra vez, y las momias esperaban y la noche era tan oscura en el largo recito de la tumba que te habrías hundido directamente a través del suelo si dabas un paso adelante, y nunca más volverías a moverte. El suelo te tomaría por los tobillos con mármol de huesos sujetándote hasta que el frío glacial te congelase para siempre en una estatua de polvo seco.

-A lo mejor si entramos todos juntos, todos de golpe…- dijo Ralph.

Lo intentaron.

Como una gran araña de muchas patas, trataron de cruzar junto la puerta. Dos pasos adelante, un paso atrás. Un paso adelante, dos pasos atrás.

-¡Ahhhhh!- lloró Pipkin.

Los chicos tropezaron unos con otros, y retrocedieron confusamente hasta la puerta, aullando terrores y pavores. Los niños oyeron un alud de dolorosos latidos que les golpeó dentro del pecho.

-Oh, diantre, ¿Qué vamos a hacer? Él tiene miedo de salir; nosotros, miedo de entrar. ¿Qué, qué?- gimió Tom.

Detrás de ellos, recostado contra la pared, estaba Mortajosario, olvidado. La llamita de una sonrisa titiló y se le extinguió entre los dientes.

-Aquí, muchachos. Salvadlo con esto.

Mortajosario metió la mano en el albornoz negro, y sacó la ya familiar calavera de azúcar blanca, en cuya frente estaba escrito:

¡PIPKIN!

-Salvad a Pipkin, muchachos. Hagamos un pacto.

-¿Con quien?

-Conmigo y otros innominados. Aquí la tenéis. Romped esta calavera en ocho deliciosos trocitos, muchachos, y distribuidlos entre vosotros. La P para ti, Tom, y la I para ti, Ralph, y la mitad de la otra P para ti, Trampitas, y la otra mitad para ti, J. J., y un pedacito de la K para ti, muchacho, y otro para ti, y aquí están la I y la N final. Tocad los dulces trocitos, hijos. Escuchad. Éste es el pacto tenebroso. ¿De verdad queréis que pipkin viva?

La pregunta provoco un estallido de furiosas protestas, y Mortajosario retrocedió. Los chicos ladraban como perros sólo porque Mortajosario había preguntado si deseaban que Pipkin viviera.

-Está bien, está bien- los apaciguó. –Veo que sois sinceros. Bueno, entonces, ¿cederá, cada uno de vosotros el último año de su vida, muchachos?

-¿Qué?- dijo Tom.

-En serio, muchachos, un año, un preciosos año del casi extinguido cabo de vela de vuestras vidas. Un año por cabeza, y podréis rescatar al muerto Pipkin.

-¡Un año!- El susurro, el murmullo, la suma abrumadora corrió entre ellos. Era difícil de comprender. Un año tan remoto en el tiempo no era para nada un año. Los chicos de once o doce ni siquiera pueden imaginarse a hombres de setenta. -¿Un año?, ¿un año?, seguro ¡por qué no! Sí…

-Pensad, muchachos, ¡pensad! Éste no es un pacto en el aire, firmado con la Nada. Hablo en serio. Es real y concreto. Es una grave decisión la que tomáis y un pacto muy serio el que firmáis.

»Cada uno de vosotros ha de prometer que dará un año. Naturalmente, ahora no echaréis de menos un año, porque sois muy jóvenes, y tanteando vuestras mentes puedo ver que ni siquiera adivináis la situación final. Sólo más tarde, cincuenta años a cotar de esta noche, o a sesenta años de este amanecer, cuando se os esté acabando el tiempo y deseéis fervientemente uno o dos días más de sol y felicidad, entonces será cuando el señor D por Destino o el seño H por Huesos os presentarán la cuenta. O acaso venga yo mismo, el viejo Mortajosario en persona, un amigo de los niños, y os diga “pagad”. Así que un año prometido es un año perdido. Yo os diré “dad” y vosotros daréis.

»¿Qué significará esto para cada uno de vosotros?

»Significará que aquellos que podrían vivir hasta los setenta y uno tendrán que morir a los setenta. Aquel que podría vivir hasta los ochenta y seis tendrá que despedirse de su sombra a los ochenta y cinco. Ésos son muchos años. Un año más o menos no parece gran cosa. Cuando llegue el momento, muchachos, puede que lo lamentéis. Pero podréis decir, este año lo pasé bien, lo di por Pip, se lo presté a la vida para el querido Pipkin, la más hermosa de las manzanas que estuvo a punto de caer del árbol antes de tiempo. Alguno de vosotros al cuarenta y nueve tendrá que tachar la vida a lo cuarenta y ocho. Y algún otro a los cincuenta y cinco, se echará a dormir el Sueño Eterno a los cincuenta y cuatro. ¿Entendéis ahora todo el significado de este pacto, muchachos? ¿Es una aritmética clara? ¡Un año! ¿Quién ofrece trescientos sesenta y cinco días enteros de su propia alma, para rescatar al viejo Pipkin? Pensad, muchachos. Silencio. Luego, hablad.

Hubo un largo silencio meditativo de estudiantes de aritmética haciendo sumas mentales.

Y en verdad, sumaron rápidamente. ¡No vacilaron, aunque sabían que con el correr de los años quizá lamentarían esta aterradora precipitación! Y sin embargo, ¿qué otra cosa podían hacer? Sólo alejarse a nado de la orilla para salvar al muchacho que se ahogaba antes que se hundiese una última vez en un polvo tenebroso.

-Yo- dijo Tom. –Yo doy un año.

-Y yo- dijo Ralph.

-Yo también enteo- dijo Henry-Trampitas.

-¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!- dijeron todos los demás.

-¿Sabéis lo que dais, chicos? Entonces, ¿queréis de veras a Pipkin?

-¡Sí, sí!

-Sea, chicos. Masticad y comed, hijos, comed y masticad.

Se metieron en la boca los dulces trocitos de caramelo de calavera.

Masticaron. Comieron.

-Tragad oscuridad, entregad vuestro año.

Tragaron con tanto empeño que los ojos les centellearon, los oídos les retumbaron y los corazones les latieron con fuerza.

Tuvieron la sensación de que los pechos y los cuerpos se les abrían como una jaula echando a volar pájaros invisibles. Vieron sin ver los años que habían dado como aladas ofrendas que revoloteaban por el mundo para posarse en alguna parte en buen pago de deudas extrañas.

Oyeron un grito:

-¡Aquí!

Y luego:

-¡Yo!

Y luego:

-¡Voy!

Pum, pum, pum, las tres palabras y el eco de tres pisadas que golpeaban la piedra.

Y a lo largo del corredor, entre la doble hilera de momias que se inclinaban para detenerlo, pero no lo detenían, en medio de silenciosos gritos y alaridos, endemoniado, veloz como el rayo, a la carrera, sacando chispas de las piedras, braceando, hinchando los carrillos, cerrando los ojos, dilatando las fosas nasales, y batiendo, batiendo, batiendo el suelo con pies que subían y bajaban, subían y bajaban, venía…

Pipkin.

¡¡¡Oh, cómo corría!!!

-Mira cómo viene. Vamos, Pip.

-¡Pip, estás por la miad!

-¡Míralo correr!- decían todos, con el caramelo de azúcar en la boca, con el honorable nombre de Pipkin aprisionado entre los dulces dientes, con el sabor de Pipkin entre las mandíbulas, con el hermosos nombre sobre las lenguas, Pip, Pip, ¡Pipkin!

-No te detengas ahora, Pipkin. ¡No te des la vuelta!

-¡No te caigas!

-Aquí viene, ¡ya ha recorrido tres cuartos del camino!

Pip corría. Era bueno y fantástico y veloz y perfecto. Sin ser tocado y sin volver la cabeza, corrió entre las cien momias… y ganó la carrera.

-¡Pip, lo hiciste!

-¡Estás a salvo!

Pero Pipkin seguía corriendo, no sólo entre los muertos sino entre los amigos afectuosos, sudorosos y vivos, que aullaban de alegría.

Apartó a los muchachos y desapareció escaleras arriba.

-¡Pip, todo va bien, vuelve!

Corrieron tras él escaleras arriba.

-¿Adonde va, señor Mortajosario?

-Bueno, me imagino que, asustado como está,- dijo Mortajosario- se va a su casa.

-¿Pipkin está… a salvo?

-Vamos a ver, chicos. ¡Arriba!

Mortajosario giró como un remolino. Los brazos extendidos cortaban el aire en copos y tajadas. Tan rápido giraba que provocó una tormenta propia. Ese ciclón, ese gigantesco pozo de aire, tomó entonces a los chicos por la nariz, la oreja, el codo, los dedos de los pies.

Como otras tantas hojas arrancadas de un árbol, subieron al cielo a puro grito. Mortajosario se precipitó hacia lo alto. Y ellos, si eso es posible, se lanzaron detrás como plomadas. Chocaron contra las nubes con un estallido de metralla. Seguían a Mortajosario como una bandada de pájaros que volara al norte, volviendo al hogar antes de la estación propicia.

La tierra pareció dar una media vuelta de norte a sur. Allá abajo pasaban mil pequeñas aldeas y pueblos vertiginosos, velas encendidas en los cementerios de todo México, velas titilando en calabazas al norte de la frontera en Texas y luego Oklahoma y Kansas y Iowa y por último Illinois y por último:

-¡En casa!- gritó Tom. –Allí está el tribunal, allí está mi casa, ¡allí está el Árbol de las Brujas!

Volaron una vez alrededor del tribunal y dos veces alrededor del Árbol de las mil calabazas encendidas, y por último alrededor de la lata casa del viejo Mortajosario, con muchos aleros, muchos cuartos, muchas ventanas boquiabiertas, altos pararrayos, barandillas, desvanes, volutas, donde gemía el viento. El polvo se alzaba en las ventanas dándoles la bienvenida. En otras ventanas los visillos aleteaban como antiguas lenguas que se exhibían para que unos doctorcillos en extrañas medicinas traídos por el viento diagnosticaran el mal. Unos fantasmas se marchitaban como flores blancas, plegándose y desplegándose en banderas enmohecidas que ahora caían en jirones.

Y la casa entera era como un compendio de las Noches de Brujas de todos los Tiempos. Así lo gritó Mortajosario, agitando los antiguos brazos y telarañas y sedas negras mientras se posaba en el tejado y les indicaba a los chicos que bajaran, señalando a través de una inmensa claraboya desde donde se veían todos los pisos de la mansión.

Los muchachos se reunieron alrededor de la lucerna y miraron el pozo de una escalera que llevaba a varios pisos de distintos tiempos e historias de hombres y esqueletos y músicas escalofriantes tocadas en flautas de huesos.

-Allí está, chicos. ¿Queréis mirar? ¿Lo veis? Allí está todo nuestro vuelo de diez mil años, allí está todo nuestro viaje en un solo lugar, des los cavernícolas a los egipcios, pasando por los pórticos romanos y las praderas inglesas de otoño hasta los osarios mexicanos.

Mortajosario levantó la tapa de la enorme claraboya.

-El pasamanos de la escalera, chicos. ¡Bajad por él! Cada uno a su propio tiempo, s propia edad, su propio nivel. Allí donde corresponda a vuestro disfraz, allí donde os parezca que es vuestro sitio, y también el sitio del disfraz y la máscara, ¡allí saltad! ¡Adelante!

Los muchachos saltaron. Se dejaron caer por el pozo de la escalera hasta el rellano superior. Entonces, uno tras otro, montaron el pasamanos y resbalaron gritando a través de todos los pisos, todos los niveles, todas las épocas de la historia guardadas en la increíble mansión de Mortajosario.

Vuelta tras vuelta, vuelta tras vuelta bajaban, veloces como rayos, resbalaban, se deslizaban por el encerado pasamanos.

¡Rrruuum-pum! J. J., Disfrazado de Hombre-Mono, aterrizó en el sótano. Miró alrededor. Vio pinturas rupestres, humos tenues y fogatas, y sombras de torpes hombres-gorilas. Unos dientes de sable clavaban una mirada feroz a la lumbre de los rescoldos.

Caracoleando bajaba Ralph, el Niño Egipcio Momificado, vendado por toda la eternidad, para aterrizar en el primer rellano, donde jeroglíficos egipcios se pavoneaban en ejércitos de símbolos, con escuadrones de pájaros antiguos en los cielos y manadas de dioses-bestias y escurridizos escarabajos de oro que hacían rodar pelotillas de estiércol todo a lo largo de la historia.

¡Pum! Cepillo Nibley, con la guadaña que de algún modo aún le brillaba en las manos, cayó y rodó transformándose casi en picadillo en el segundo piso, donde la sombra de Samhain, el Dios de los muertos druida, ¡blandía una guadaña sobre la pared de una cámara lejana!

¡Pum! George Smith -¿fantasma griego, espectro errante romano?- aterrizó en el tercer piso cerca de los pórticos embreados que retenían en los umbrales a las viejas almas en pena.

¡Pum! ¡Henry-Trampitas, la Bruja, se zambulló en el cuarto rellano, entre brujas que saltaban hogueras en las campiñas de Inglaterra, Francia y Alemania!

¿Fred Fryer? El quinto piso recibió el montón de harapos, y el Mendigo aterrizó entre los lamentos de los mendigos que pedían limosna por los caminos de la campiña irlandesa, muertos de hambre.

Wally Babb, la Gárgola, voló y se estrelló en el sexto piso, donde de las paredes brotaban codos y miembros y jibas, muecas del mejor humor gargoliano, y miradas socarronas.

Hasta que por último Tom Esqueleto patinó saliendo de la barandilla en el pisó más alto y cayó rodando y volteando blancas calaveras de azúcar como en una tenebrosa partida de bolos entre las sombras de mujeres acuclillas junto a los tumultos, con diminutas bandas de esqueletos que tocaban melodías de mosquito mientras Mortajosario, allá arriba, siempre en el tejado, gritaba:

-Bueno, muchachos ¿lo habéis visto? Es todo uno, ¿sí?

-Sí- murmuró alguien.

-Siempre lo mismo pero diferente, ¿eh?, cada época, cada tiempo. El día siempre acababa. Siempre caía la noche. ¿Y no es verdad que siempre teméis, tú, Hombre-Mono, tú, Momia, que nunca vuelva a salir el sol?

-Sssííí- susurraron varios más.

Y miraron arriba todos los niveles de la casona y vieron todas las épocas, todos los pisos, y a todos los hombres de la historia que escudriñaban alrededor mientras el sol salía y se ponía. Los Hombres-Monos temblaban. Los egipcios gritaban quejumbrosos. Griegos y romanos paseaban a sus muertos. Moría el verano. El invierno lo metía en la tumba. Un billón de voces lloraba. El viento de los tiempos estremecía la casa alta. Las ventanas trepidaban, y como los ojos de los hombres, estallaban en lágrimas cristalinas.

De pronto, con gritos de júbilo, ¡diez mil veces un millón de hombres saludaron alborozados a los ardientes soles estivales que despertaban incendiando ventanas!

-¿Veis, hijos? ¡Pensad! La gente desaparecía para siempre. Morían, oh Señor, morían, pero volvían en sueños. A aquellos sueños se los llamaba Fantasmas, y aterrorizaron a los hombres de todas las épocas…

-¡Ah!- gritó un billón de voces desde las buhardillas y los sótanos.

Las sombras trepaban por las paredes como viejas películas reproyectadas en antiguos cines. Nubecillas de humo flotaban en las puertas con ojos tristes y bocas balbucientes.

-Noche y día. Invierno y verano, chicos. Tiempo de sembrar y tiempo de recoger. Vida y muerte. Todo eso, sintetizado en una sola noche, es la Fiesta de las Brujas. Mediodía y medianoche. Nacer, chicos. Revolcarse, hacerse los muertos como los perros, hijos. Y levantarse otra vez, ladrando, corriendo a través de miles de años de muerte, todos los días y todas las noches una Noche de Brujas, chicos, oscura y terrorífica, hasta que por fin lo conseguisteis un poco y recuperasteis el aliento.

»Y empezasteis a vivir más y a tener más tiempo y a distanciar las muertes, y a desprenderos del miedo, y a tener por fin sólo unos días especiales de cada año para pensar en la noche y el amanecer y en la primavera y el otoño y en nacer y morir.

»Todo se suma y se complementa. Cuatro mil años atrás, cien años atrás, este año, un lugar u otros, pero las celebraciones son siempre la misma…

-La Fiesta de Samhain…

-El Día de los Muertos Queridos…

-Todas las Almas. Todos los Santos.

-El Día de los Muertos.

-El Día de Todos los Santos

-La Fiesta de las Brujas.

Los chicos alzaban las frágiles voces, a través de los distintos niveles de tiempo, desde todos los países y todas las épocas, nombrando las festividades que era siempre la misma.

-Bien, hijos, bien.

A lo lejos, el reloj de la torre dio las doce menos cuarto.

-Casi medianoche, muchacho. La Fiesta de las Brujas está por terminar.

-¡Pero!- gritó Tom, -¿qué hay de Pipkin? Lo hemos seguido a lo largo de la historia, lo hemos enterrado y desenterrado, lo hemos acompañado en cortejos fúnebres y llorado. ¿Está o no está vivo?

-¡Sí!- gritaron todos. -¿Lo hemos salvado?

-¿Lo habréis salvado, de verdad?

Mortajosario miraba fijamente en lontananza. Los chicos miraron con él, por encima de la cañada, hacia un edifico donde se estaban apagando las luces.

-Ése es el hospital de Pipkin, muchachos. Pero probad en la casa. La última visita de la noche, el último gran «prenda o premio». Id en busca de las respuestas decisivas. ¡Señor Marley, acompáñelos a la puerta!

Las puertas de entrada se abrieron, ¡pum!, de par en par.

El llamador Marley de la puerta dejó caer la mandíbula vendada y les silbó buena suerte mientras los chicos resbalaban por el pasamanos y corrían hacia la puerta.

Los detuvo un último grito de Mortajosario:

-¡Chicos! Bueno, ¿qué fue? Esta noche, conmigo: ¿prenda o premio?

Los chicos tomaron aliento, y estallaron a coro:

-¡Caramba, señor Mortajosario…, prenda y premio!

¡Tap!, resonó el llamador Marley.

¡Bam!, golpeó la puerta.

Y los muchachos se fueron corriendo y corriendo, cruzando la cañada y a lo largo de las calles, inhalando calientes bocanadas de aire, y las máscaras se le caían y ellos pasaban por encima, y al fin se detuvieron en la acera de la casa de Pipkin y miraron el hospital a lo lejos, y otra vez la puerta de la casa de Pipkin.

-Ve tu, Tom, tú- dijo Ralph.

Y Tom se acercó lentamente a la casa y puso el pie en el primer escalón y luego en el segundo y se aproximó a la puerta, temiendo llamar, temiendo encontrar la respuesta definitiva acerca del viejo pipkin. ¿Pipkin muerto? ¿Pipkin en el último funeral? ¿Pipkin, Pipkin desaparecido para siempre? ¡No!

Golpeó a la puerta.

Los chicos esperaban en la acera.

La puerta se abrió. Tom entró. Los chicos aguardaron en la acera largo rato sintiendo el frío y dejando que el viento les congelase los más tristes pensamientos.

«¿Bueno?», gritaban en silencio hacia la casa, hacia la puerta cerrada, hacia las ventanas a oscuras. «¿Bueno? ¿Bueno? ¿Qué?»

Y luego, por fin, la puerta se abrió otra vez y Tom salió y se detuvo en el porche, sin saber dónde estaba.

Entonces Tom aló los ojos y vio a sus amigos que lo esperaban a un millón de kilómetros de distancia.

Tom saltó desde el porche gritando:

-¡Oh diantre, diantre, diantre!

Y corrió por la acera, gritando:

-¡Está bien, está perfectamente bien! ¡Pipkin está en el hospital! ¡Le sacaron el apéndice hoy a las nueve de la noche! ¡Justo a tiempo! ¡El doctor dice que está formidable!

-¿Pipkin…?

-¿Hospital…?

-¿Formidable…?

Todos soltaron el aire como si los hubiesen golpeado en el estómago. Luego volvieron a aspirarlo y a exhalarlo en una gran ola, un alarido, un entrecortado grito de triunfo.

-¡Pipkin, oh, pipkin, Pip!

Y se quedaron en el jardín y en la acera frente al porche y la casa de Pipkin, mirándose unos a otros con aturdida curiosidad, y las sonrisas se les ensanchaban y los ojos se les llenaban de lágrimas y gritaban y las lágrimas de felicidad les corrían por las mejillas.

-Hurra, hurra, hurra, hurra, hurra- dijo Tom, exhausto, y llorando de felicidad.

-Puedes decirlo otra vez- dijo una voz, y todos lo repitieron a coro.

Y allí, todos juntos, lloraron un buen llanto de felicidad.

Y como toda la noche se estaba convirtiendo en un mar de lágrimas, Tom miró en derredor y los animó con un gritó.

-Mirad la casa de Pipkin. ¿No tiene un aspecto horrible? ¡Os diré lo que haremos!

Y todos corrieron y volvieron trayendo cada uno una calabaza iluminada y las alinearon sobre el balaustre del porche, donde esperando el regreso de Pipkin exhibían unas dulces sonrisas maliciosas. Y se quedaron en el jardín contemplando el encantador espectáculo de todas aquellas sonrisas, los disfraces que colgaban de todas aquellas sonrisas, los disfraces que colgaban en jirones de brazos y hombros y piernas y la pintura pastosa que goteaba y les corría por las caras, y un maravilloso cansancio feliz que les invadía los párpados, los brazos y los pies; pero no querían marcharse todavía.

Y el reloj de la torre dio la medianoche… ¡BUMMM!

Y otra vez bummm, hasta contar doce campanadas.

Y la Fiesta de las Brujas había terminado.

Y en todo el pueblo retumbaban las puertas al cerrar y se apagaban las luces.

Los chicos empezaron a dispersarse y a decir Noche y Noche y otra vez Noche y uno que otro Buenas Noches, pero casi siempre Noche, sí, Noche. Y el jardín quedó desierto, pero el porche de pipkin rebosaba de luces de candelas y de olor a calabaza tostada y caliente.

Y el Fantasma y la Momia y el Esqueleto y la Bruja y todos los demás estaban de vuelta en sus casas, en sus propios porches, y cada uno se volvió para mirar el pueblo y recordad esta noche especial que ya nunca podrían olvidar, y a través del pueblo miraron hacia los porches de los amigos, pero especialmente hacia la casa del otro lado de la cañada en cuyo tejado el señor Mortajosario estaba aún rodeado por una cerca erizada de escarpias.

Los chicos saludaron, desde un porche.

El humo, saliendo en volutas de la alta chimenea gótica de Mortajosario, flotó, se agitó y devolvió el saludo.

Y más puertas se cerraron de golpe en todas las casa del pueblo.

Y con cada golpe se apagaba una calabaza más y luego otra y otra y otra en el inmenso Árbol de las Brujas. Por docenas, por centenares, por millares, golpeaban las puertas, y las calabazas cerraban los ojos, y las velas apagadas humeaban con deliciosos humos.

La Bruja titubeó, entró, y cerró la puerta.

Una calabaza con cara de Bruja se apagó.

La Momia entró y cerró la puerta.

La luz se extinguió en una calabaza con cara de Momia.

Y por último, el único chico en todo el pueblo que aún estaba solo en un porche, Tom Skelton, disfrazado de calavera y huesos, sin ganas de entrar, queriendo extraerle una última gota a esa fiesta favorita, envió sus pensamientos por el aire nocturno hacia la extraña cada del otro lado de la cañada.

Señor Mortajosario, ¿Quién es USTED?

Y el señor Mortajosario, allí arriba, en el tejado, le envió la respuesta:

Creo que tú lo sabes, muchacho, creo que tú lo sabes.

¿Volveremos a encontrarnos, señor Mortajosario?

Dentro de muchos años sí, vendré por ti.

Y un último pensamiento de Tom:

Oh, señor Mortajosario, ¿dejaremos de tenerles miedo alguna vez a la noche y a la muerte?

Y el pensamiento volvió:

Cuando lleguéis a las estrellas, muchacho, sí, y viváis para siempre allí, todos los miedos desaparecerán, y la Muerte misma morirá.

Tom escucho, oyó, y agitó la mano en silencio. A lo lejos, el señor Mortajosario alzó una mano.

Clic. En la casa de Tom se cerró la puerta.

En el gran Árbol, una calabaza-calavera estornudó y se apagó.

El viento sacudió el gran Árbol de las Brujas, ahora con todas las luces apagadas excepto una calabaza en lo más alto de la copa.

Una calabaza con los ojos y la cara del señor Mortajosario.

En el tejado de la casa, el señor Mortajosario se inclinó, aspiró una bocanada de aire y sopló.

La vela en la cabeza-calabaza vaciló y se extinguió.

Milagrosamente, de la boca, la nariz, las orejas, los ojos del señor Mortajosario, brotaron volutas de humo, como si el alma se le hubiese extinguido en los pulmones en el mismo momento en que la dulce calabaza dejaba escapar un perfumado espíritu de incienso.

El señor Mortajosario se hundió en su casa. La puerta trampa del tejado se cerró detrás.

Llegó el viento. Acunó todas las calabazas humeantes del inmenso y hermoso Árbol de las Brujas. Levantó un millar de hojas oscuras y las arrastró por el cielo y por la tierra hacia el sol, que sin duda saldría otra vez.

Así como el pueblo, el Árbol apagó los rescoldos de las sonrisas y se durmió.

A las dos de la mañana, el viento volvió a buscas más hojas.