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CAPITULO 18

Estaban suspendidos sobre México.

Estaban suspendidos sobre una isla en ese lago de México.

Allá abajo oyeron ladridos de perros en la noche.

En el lago iluminado por la luna vieron unos pocos botes que se movían como insectos acuáticos. Oyeron tocar una guitarra y un hombre cantó con una voz melancólica y aguda.

Muy lejos de allí, del otro lado de las oscuras fronteras, en los Estados Unidos, jaurías de chicos, pandillas de perros, corrían riendo, ladrando, llamando de puerta en puerta, con las manos cargadas de dulces tesoros locos de alegría en la Noche de las Brujas.

-Pero aquí…- susurró Tom.

-¿Aquí que?- preguntó Mortajosario, planeando a la altura de su codo.

-Oh, bueno, aquí…

-Y a lo largo de toda Sudamérica…

-Sí, en el sur. Aquí y en el sur. Todos los cementerios.

Todos los camposantos están…

…llenos de cirios encendidos, pensó Tom. Mil cirios en este cementerio, cien en aquel camposanto, cien kilómetros más allá, diez mil lucecitas titilantes, cinco mil kilómetros más abajo hasta la punta misma de la Argentina.

-Es así como celebran…

-El Día de los Muertos. ¿Qué tal andas en español, Tom?

-¡Caramba, sí! ¡Cometa, desármate!

La Cometa bajó y se desmenuzó por última vez.

Los chicos rodaron por la orilla pedregosa del plácido lago.

Sobre las aguas flotaban nieblas.

Del otro lado del lago, lejos, había un cementerio a oscuras. Todavía no habían encendido los cirios.

De la niebla salió una barca que avanzaba silenciosa, sin remos, como si la marea la impulsara a través del agua.

Una figura alta, envuelta en un sudario gris, iba de pie, inmóvil, en un extremo de la embarcación.

La barca rozó suavemente las hierbas de la orilla.

Los chicos contuvieron el aliento. Pues, por lo que alcanzaban a ver, en el hueco de la capucha de la figura amortajada sólo había oscuridad.

-¿Señor… señor Mortajosario?

Sabían que tenía que ser él.

Pero él no respondió. Sólo la casi imperceptible luciérnaga de una sonrisa brilló un instante bajo la capucha. Una mano descarnada se movió llamando.

Los chicos se abalanzaron a la barca.

-¡Ss!- musitó una voz desde la capucha vacía. La figura hizo otro ademán, y el viento los tocó, y se deslizaron raudos por las aguas oscuras bajo un cielo nocturno tachonado con un billón de fuegos estelares nunca vistos.

Lejos, en la isla oscura, se oyó el rasguito de una guitarra.

Una vela se encendió entre las losas de mármol.

Alguien cantó sólo una palabra de una canción.

La llama de una cerilla animó una tercera vela.

Y cuanto más veloz se deslizaba la barca, más notas brotaban de la guitarra y más velas se encendían entre los tumultos sobre las colinas pedregosas. Una docena, un centenar, mil bujías se encendieron, y al fin parecía que la gran constelación de Andrómeda hubiese caído del cielo y se hubiera echado aquí a descansar en el corazón de la casi medianoche mexicana.

La barca golpeó contra la orilla. Los chicos cayeron a tierra. Miraron en torno, pero Mortajosario había desaparecido. Sólo quedaba el sudario vacío en el fondo de la barca.

Una guitarra los llamó. Una voz les cantó.

Un camino que parecía un río de piedras blancas y rocas blancas los llevó a la ciudad que parecía un cementerio, a un cementerio que parecía… ¡una ciudad!

Porque no había gente en el pueblo.

Los chicos llegaron al muro bajo del cementerio y luego a las enormes puertas de hierro labrado. Se tomaron de los barrotes y espiaron dentro.

-¡Caramba!- jadeó Tom. -¡Nunca vi nada igual!

Ahora comprendían por qué el pueblo estaba vacío. Porque el cementerio estaba lleno.

Junto a cada tumba una hija se arrodillaba a encender una nueva vela o alguna que se acababa de apagar.

Junto a cada tumba un niño callado de brillantes ojos castaños, que llevaba en una mano una miniatura de cortejo fúnebre de papel maché pegado a un tejamanil, y en la otra mano una calavera de papel maché que contenía arroz o nueces y sonaba como una matraca.

-Mirad- cuchicheó Tom.

Había centenares de tumbas. Había centenares de mujeres. Había centenares de hijas. Había centenares de hijos. Y centenares y millares de candelas. El cementerio entero era un enjambre de destellos, como si todo un pueblo de luciérnagas hubiese oído hablar de una Gran Convocatoria y hubiese volado aquí a quedarse y llamear sobre las lápidas e iluminar los rostros morenos, los ojos oscuros, las negras cabelleras.

-Caramba- dijo tom casi entre dientes. –En nuestro país nunca vamos al cementerio, excepto quizás el Día de los Muertos por la Patria, una vez por año, y siempre a mediodía, a pleno sol, nada divertido. Esto, en cambio, esto sí que es… ¡divertido!

-¡Seguro!- suspiraron, chillaron todos.

-¡El día de las Brujas mexicano es mejor que el nuestro!

Pues sobre cada tumba había fuentes de bizcochos que parecían sacerdotes funerarios, o esqueletos o fantasmas, esperando ser mordidos por… ¿los vivos? ¿O por fantasmas que acaso acudirían al amanecer, solitarios y hambrientos? Nadie lo sabía. Nadie lo dijo.

Y cada niño dentro del cementerio, junto a la hermana y la madre, depositaba sobre la tumba la miniatura de cortejo fúnebre. Y todos veían la diminuta criatura de bizcocho en el diminuto ataúd de madera ante un altar diminuto con cirios diminutos. Alrededor del diminuto ataúd estaban los diminutos monaguillos con cabeza de cacahuete y ojos pintados en las cáscaras. Y frente al altar un cura con cabeza de grano de maíz, y vientre de nuez. Y sobre el altar una fotografía de la persona del ataúd, antes una persona real; ahora recordada.

-Mejor y más que mejor- susurró Ralph.

-¡Cuevos!- cantó una voz lejana en lo alto de la loma.

En el cementerio, las voces corearon la canción.

Recostados contra los muros del cementerio, las voces corearon la canción.

Recostados contra los muros del cementerio, algunos con guitarras en las manos o botellas, estaban los hombres de la aldea.

-Cuevos de los Muertos- cantó la voz lejana.

-Cuevos de los Muertos- cantaron los hombres en las sombras del camposanto.

-Calaveras- tradujo Tom. –Las Calaveras de los muertos.

-Calaveras, dulces calaveras de azúcar, dulces calaveras de caramelo, calaveras de los muertos- cantó la voz, ahora más cercana.

Y por la colina, caminando suavemente entre las sombras, bajaba un jorobado Vendedor de Calaveras.

-No, no jorobado- dijo Tom, casi en voz alta.

-Trae un cargamento entero de calaveras- gritó Ralph.

-Calaveras dulces, dulces calaveras blancas de cristal de azúcar- pregonaba el vendedor, con la cara oculta bajo un ancho sombrero. Pero la voz que canturreaba dulcemente era la de Mortajosario.

Y de una larga caña de bambú que llevaba sobre los hombros, colgadas de hilos negros, docenas y veintenas de calaveras de azúcar tan grandes como las cabezas de los muchachos. Y todas las calaveras tenían una inscripción.

-¡Nombres! ¡Nombres!- canturreaba el viejo Vendedor. -¡Dime tu nombre y te daré tu calavera!

-Tom- dijo Tom.

El viejo arrancó una calavera. Sobre ella, con grandes letras, estaba escrito:

TOM.

Tom la recibió y sostuvo entre los dedos su propio nombre, su propia calavera dulce y comestible.

-Ralph.

Una calavera con el nombre RALPH voló por el aire. Ralph la atajó muerto de risa.

En un rápido juego, la mano descarnada arrancaba y lanzaba dulcemente al aire fresco calavera tras calavera:

¡HENRY-TRAMPITAS! ¡FRED! ¡GEORGE! ¡CEPILLO! ¡J. J.! ¡WALLY!

Los chicos, bombardeados, chillaban y bailaban alrededor bajo la pedrea de sus propias calaveras y sus propios ufanos nombres incrustados en azúcar sobre las blancas frentes de esta calavera. Atraparon al vuelo las espléndidas bombas y casi las dejaron caer.

Se quedaron inmóviles, boquiabiertos, mirando los azucarados dulces mortuorios en las manos pegajosas.

Y en el interior del cementerio, unas voces masculinas de soprano cantaron:

Roberto… María… Conchita… Tomás.
Calavera, Calavera, dulces huesos de caramelo.
Tu nombre en la nívea y dulce calavera
busca corriendo calle abajo.
Cómprala en las blancas pilas
de la plaza. ¡Compra y come!
¡Muerde el nombre!

Los chicos alzaron las dulces calaveras.

Muerde la T y la O y la M ¡Tom!
Masca la Tra, traga la M, digiere la Pi, y escupe la Tas.
¡Trampitas!

Se les hacía agua la boca. Pero ¿era veneno lo que tenían en las manos?

¿Lo imaginas? Tanta felicidad, tanta alegría
cuando los niños comen oscuridad, devoran noche.
¡Que delicia! ¡Pega un mordisco!
¡Mastica esa bonita cabeza de caramelo!

Los chicos se llevaron a los labios los dulces nombres de caramelo y ya iban a hincarles el diente cuando…

-¡Olé!

Una pandilla de chiquillos mexicanos apareció corriendo y llamándolos, arrebatando calaveras.

-¡Tomás!

Y Tom vio a Tomás huir con la calavera que decía Tom.

-¡Caramba!- dijo Tom. -¡Se parecía a… mí!

-¿De veras?- dijo el Vendedor de Calaveras.

-¡Enrique!- gritó un indiecito, apoderándose de la calavera de Henry-Trampitas.

Enrique echó a correr colina abajo.

-¡Se parecía a mí!- dijo Henry-Trampitas.

-Claro que sí- dijo Mortajosario. –De prisa, muchachos, a ver que están tramando. ¡No perdáis de vista vuestros dulces cráneos!

Los chicos dieron un salto.

Pues en ese mismo momento una explosión estremeció allá abajo las calles del pueblo. Luego otra explosión, y otra. Fuegos artificiales.

Los chicos echaron una última mirada a las flores, las tumbas, los bizcochos, la comida, las calaveras sobre las tumbas, los funerales en miniatura con cuerpos, ataúdes y cirios en miniatura, mujeres hincadas, niños solitarios, niñas, hombres, y luego dieron media vuelta y se lanzaron colina abajo hacia los petardos.

Tom y Ralph y todos los otros chicos disfrazados llegaron corriendo a la plaza, jadeantes. Miles de diminutos petardos estallaron alrededor de los niños, que se detuvieron en seco y bailotearon un rato. Las luces estaban encendidas. De pronto las tiendas se abrieron.

Y Tomás y José Juan y Enrique, a los gritos, encendían y arrojaban petardos.

-¡Eh, Tom, de mi parte, de Tomás!

Tom vio que sus propios ojos chisporroteaban en la cara de aquel huraño muchacho.

-¡Eh, Henry, esto de parte de Enrique! ¡Pum!

-J. J., esto… ¡Pum! ¡De José Juan!

-¡Oh, ésta es la mejor de todas las Noches de Brujas!- dijo Tom.

Y lo era.

Pues en ninguna de aquellas salvajes correrías habían ocurrido tantas cosas que pudieran verse, olerse y tocarse.

En todos los callejones, puertas y ventanas había montañas de calaveras de azúcar con hermosos nombres.

De todos los callejones llegaba el tap-tap de los escarabajos fabricantes de ataúdes, que clavaban, martilleaban. Las tapas de los ataúdes redoblaban como tambores de madera en la noche.

En todas las esquinas había pilas de periódicos con la foto del alcalde pintado como un esqueleto, o del Presidente todo huesos, o de la más hermosa de las doncellas disfrazada de xilofón, y la Muerte tocaba una melodía en las costillas musicales.

-Calavera, Calavera, Calavera…- la canción bajaba flotando desde la colina. –Ved a los políticos enterrados en las noticias. DESCANZA EN PAZ debajo de los nombres. ¡Así es la fama!

¡Ved los esqueletos acróbatas, encaramados
en los hombros de otros esqueletos!
¡Predican sermones, practican atletismo!
Pequeños futbolistas, pequeños luchadores,
pequeños esqueletos que salta y se caen.
¿Soñaste alguna vez que la muerte
pudiese ser tan pequeña?

Y la canción decía la verdad. En dondequiera que los muchachos mirasen había acróbatas, trapecistas, jugadores de baloncesto, sacerdotes, malabaristas, volatineros en miniatura, pero todos eran esqueletos mano a mano, hombro a hombro huesudos y todos eran bastante pequeños como para llevarlos en los dedos.

Y allá en una ventana había toda una orquesta de jazz microscópica con un esqueleto que tocaba una tuba no más grande que una cuchara sopera y un esqueleto directo con un brillante birrete en la cabeza y una batuta en la mano, y de los cornos diminutos brotaba una música diminuta.

Nunca en la vida los chicos habían visto tantos… ¡huesos!

-¡Huesos!- todo el mundo se reía. -¡Oh, preciosos huesos!

La canción empezó a apagarse:

Sostiene en tus palmas la fiesta oscura,
muérdela, trágala y sobrevive,
emerge del lejano túnel negro del Día de muerte
y regocíjate, ah, regocíjate de estar… ¡vivo!
Calavera… Calavera…

Los periódicos, orlados de negro, volaron con el viento en funerales blancos.

Los chicos mexicanos corrieron colina arriba a reunirse con sus familias.

-Oh, qué extraño, qué cosa tan rara- murmuró Tom.

-¿Qué?- le dijo Ralph, junto a él.

-Allá, en Illinois, hemos olvidado de qué se trata. Quiero decir los muertos, allá en nuestro pueblo, esta noche, diantre, nadie piensa en ellos. Nadie los recuerda. A nadie le importan. Nadie va a sentarse a conversar con ellos. Eso sí que puede llamarse soledad.

»Eso es verdaderamente triste. Mientras que aquí, bueno… Es alegre y triste al mismo tiempo. Aquí en la plaza todo son petardos y esqueletos de juguete, y allá arriba en el cementerio todos los mexicanos muertos reciben las visitas de los parientes, y flores y velas y cantos y dulces. Quiero decir que es casi como el Día de Gracias, ¿no? Y todos se sientan a comer, pero sólo la mitad puede comer, pero eso no tiene importancia, están allí,.. Es como tomarse de las manos con los amigos en una sesión de espiritismo, sólo que algunos de los amigos ya no están. Oh, diantre, Ralph.

-Sí, sí- dijo Ralph, asintiendo detrás de su máscara. –Diantre.

-Mirad, oh, mirad allí- dijo J. J.

Los chicos miraron.

En lo alto de un montículo de calaveras de azúcar blanca había una con el nombre de PIPKIN.

La dulce calavera de Pipkin, pero… en ninguna parte, entre las explosiones y los huesos bailarines y las calaveras volantes, había ni siquiera una mota de polvo o un gañido o una sombra de Pip.

Se habían acostumbrado tanto a que Pipkin los sorprendiera, apareciendo en los muros de Notre Dame, o apretujado en un sarcófago de oro, que ahora esperaban que pipkin, cómo un muñeco de resorte, saltara de pronto de una montaña de calaveras de azúcar, les sacudiera una mortaja en las caras y se pusiera a cantar.

Pero no. De pronto, nada de Pip. Ni rastros de Pip.

Y tal vez nada de Pip nunca más.

Los muchachos se estremecieron. Un viento frío sopló una niebla desde el lago.