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CAPITULO 17

-Josafat- dijo Tom Skelton, sobre el parapeto. –Silbamos a todos los grifos y demonios de piedra para que vinieran aquí. Y ahora Pipkin ha vuelto a perderse. Estaba pensando, ¿por qué no le silbamos a él?

Mortajosario se rió tanto que la capa oscura retumbó en el viento nocturno y los huesos resecos le castañearon dentro de la piel.

-¡Muchachos! ¡Mirad alrededor! ¡Todavía está aquí!

-¿Dónde?

-Aquí- se condolió una vocecita muy lejana.

Los chicos retorcieron las columnas vertebrales para mirar por encima del parapeto, se desnucaron mirando hacia arriba.

-¡Al escondite, hijos, busquemos!

Y aun buscando, no podían dejar de gozar una vez más de los turbulentos tejados de la catedral bordeados de horrores, y deliciosamente afeados con bestias prisioneras.

¿Dónde estaba Pipkin entre todas aquellas oscuras criaturas marinas de branquias abiertas como bocas en un jadeo y un suspiro eternos?

¿Dónde entre todas aquellas pesadillas maravillosamente cinceladas y talladas en los cálculos biliares de merodeadores nocturnos y monstruos nacido de viejos terremotos, vomitados por volcanes enloquecidos que se enfriaban en terrores y delirios?

-Aquí- gimió otra vez una vocecita lejana y familiar.

Y allá abajo, en un salidizo, a mitad de camino entre ellos y la tierra, les pareció ver, aguzando la mirada, una hermosa carita redonda angelical-demoníaca con una expresión familiar, una nariz familiar, una boca afectuosa y familiar.

-¡Pipkin!

A los gritos, bajaron de prisa las escaleras por los oscuros corredores hasta que llegaron al salidizo. Allá a lo lejos, en el aire ventoso, encima de un pasadizo muy estrecho, se veía la carita, hermosa en medio de tanta fealdad.

Tom se adelantó, sin mirara abajo, extendiendo los brazos como alas. Ralph lo siguió. El resto avanzó con cautela en fila india.

-¡Cuidado, Tom, note caigas!

-No me caigo. Aquí está Pip.

Y allí estaba.

Desde el salidizo, justo debajo de la máscara de piedra asomada al vacío, el busto, la cabeza de gárgola, miraron arriba y vieron el magnifico perfil, la soberbia nariz respingada, la mejilla imberbe, el ensortijado casco de pelo marmóreo.

Pipkin.

-Pip, por todos los diablos, ¿qué haces aquí? –gritó Tom.

Pip no dijo nada.

La boca de Pip era de piedra.

-Uff, es sólo roca- dijo Ralph. –Es sólo una gárgola tallada aquí hace mucho tiempo, que se parece a Pipkin.

-No, yo lo oí llamar.

-Pero, cómo…

Y entonces el viento les trajo la respuesta.

Sopló alrededor de los altos muros del Notre Dame. Tocó la flauta en los oídos y el caramillo en las bocas abiertas de las gárgolas.

-Ahhh…- suspiró la voz de Pipkin.

Los cabellos se les erizaron en las nucas.

-Oooooo- murmuró la boca de piedra.

-¡Escuchad! ¡Es él!- dijo Ralph, excitado.

-¡Silencio!- gritó Tom. -¿Pip? La próxima vez que sople el viento, intenta decirnos cómo podemos ayudarte. ¿Qué te trajo aquí? ¿Cómo te llevamos abajo?

Silencio. Los chicos se aferraron a la cara rocosa de la gran catedral.

De pronto sopló otra ráfaga, les cortó el aliento, y silbó entre los dientes tallados en piedra del chiquillo.

-Una…- dijo la voz de Pip –pregunta- susurró nuevamente la voz de Pip luego de una pausa.

Silencio. Más viento.

-Por…

Los chicos esperaron.

-…vez.

-¡Una pregunta por vez!- tradujo Tom.

Los muchachos estallaron en risas. Ése sí que era Pipkin.

-De acuerdo.- Tom juntó saliva. -¿Qué haces aquí arriba?

El viento sopló tristemente y la voz habó como si estuviera en las profundidades de un viejo pozo: -He visto… tantos… lugares… en apenas… unas pocas… horas.

Los muchachos esperaron, rechinando los dientes.

El viento regresó ara gemir en la abierta boca de piedra.

-¡Habla, Pipkin!

Pero el viento había muerto.

Empezó a llover.

Y esto fue lo mejor. Porque las gotas de lluvia corrieron, frías, por las pétreas orejas de Pipkin y le salieron por la nariz y le brotaron como un manantial de la boca de mármol, y Pipkin empezó a pronunciar sílabas en lenguas líquidas, con palabras límpidas y frías como agua de lluvia:

-Eh…, ¡esto es mejor!

Escupía niebla, esparcía rocío.

-¡Tendríais que haber estado donde yo estuve! ¡Me enterraron como una momia! ¡Me encerraron en un perro!

-¡Nos imaginamos que eras tú, pipkin!

-Y ahora aquí- dijo la lluvia en la oreja, la lluvia en la nariz, la lluvia en la boca de mármol que goteaba agua clara. –Demontres, raro, rarísimo estar metido en la piedra con todos estos demonios y diablos por compañeros. Y dentro de diez minutos, ¡Quién sabe dónde estaré! ¿Más arriba? ¡O enterrado en lo más profundo!

-¿Dónde, Pipkin?

Los chicos se apretujaban. La lluvia venía en ráfagas y los azotaba, inclinándolos y amenazando hacerlos caer.

-¿Estás muerto, pipkin?

-No, todavía no- dijo la lluvia fría en la boca. –Parte de mí está en un hospital, allá, muy lejos, en casa. Parte de mí en esa vieja tumba egipcia. Parte de mí en los pastizales de Inglaterra. Parte de mí aquí. Parte de mí en un lugar mucho peor…

-¿Dónde?

-No sé, no sé, oh diantre, de pronto me río a carcajadas, y de pronto tengo miedo. Ahora, justo ahora, en este preciso instante, sospecho, sé que estoy asustado. ¡Ayudadme, amigos! ¡Ayudadme, por favor!

La lluvia le brotó de los ojos como lágrimas.

Los muchachos levantaron las manos como para tocar la barbilla de pipkin, pero antes de que alcanzaran a tocarla…

Un rayo cayó del cielo.

Estalló en azul y blanco.

La catedral entera se conmovió. Los chicos estuvieron que aferrarse con ambas manos a cuernos de demonios y alas de ángeles para que no los derribaran.

Trueno y humo. Y un gran alud de roca y piedra.

La cara de pipkin desapareció. Arrancada por el rayo, cayó en el espacio y se hizo añicos contra el suelo.

-¡Pipkin!

Pero allí abajo, sobre las piedras del pórtico de la catedral, sólo había chispas que el viento dispersaba, y un polvillo de gárgolas. La nariz, la barbilla, los labios pétreos, la dura mejilla, los ojos brillantes, la oreja cincelada, todo, todo barrido por el viento en fragmentos de metralla y polvo.

Vieron algo que parecía un espíritu de humo, una nubecilla de pólvora que flotaba hacia el sur y hacia el oeste.

-México…- Mortajosario, uno de los pocos hombres del mundo que sabía cómo pronunciar, pronunció la palabra.

-¿México?- preguntó Tom.

-El último gran viaje de esta noche- dijo Mortajosario, todavía vocalizando, saboreando las sílabas. -¡Silbad, muchachos, bramad como tigres, rugid como panteras, aullad como carnívoros!

-¿Bramar, rugir, aullar?

-Volved a armar la Cometa, chicos, la Cometa de Otoño. Volved a empastar los colmillos y los ojos feroces y las garras ensangrentadas. Gritad al viento que la cosa y que nos lleve por los aires en un largo y último viaje. ¡Ronzad, muchachos, gañid, tronad, gritad!

Los chicos vacilaron. Mortajosario corría por el salidizo como si pasara un palo por los barrotes de una cerca. Iba golpeando a cada uno de los muchachos con el codo y la rodilla. Los chicos caían, y al caer dejaban escapar un gañido, un chillido, o un grito particular.

Cayendo a plomo por el espacio helado, sintieron florecer allá abajo la cola de un pavo real asesino, un gran ojo inyectado de sangre. Diez mil ojos enardecidos asomaron de pronto.

Enseguida, revoloteando alrededor de una ventosa esquina de gárgolas, apareció la Cometa de Otoño, recién armada, interrumpiendo la caída.

Manotearon, se aferraron al aro, a los bordes, a los brazos de la cruz, a los tensos papeles tamborileantes, a restos, jirones e hilachas de antiguas bocas leoninas de aliento carnívoro y sangre rancia de fauces felinas.

Mortajosario saltó también. Esta vez él era la cola.

La Cometa de Otoño planeó, esperó, con ocho chicos sobre una ondulante marejada de dientes y ojos.

Mortajosario afinó el oído.

A centenares de kilómetros de distancia, los mendigos recorrían, hambrientos, los caminos irlandeses, pidiendo comida de puerta en puerta. Los lamentos resonaban en la noche.

Fred Fryer, disfrazado de mendigo, oyó los gritos.

-¡Por allí! ¡Volemos allí!

-No. No hay tiempo. ¡Escuchad!

A miles de kilómetros de distancia se oía, apagado, el rítmico martilleo nocturno de los escarabajos que anunciaban la muerte.

-Los fabricantes de ataúdes de México- sonrío Mortajosario. –En las calles, con los largos cajones y los clavos y los pequeños martillos, golpeteando y golpeteando.

-¿Pipkin?- murmuraron los chicos.

-Escuchemos- dijo Mortajosario. –Y a México vamos.

La Cometa de Otoño los transportó en una ola de viento de trescientos metros.

Las gárgolas, tocando la flauta en las fosas nasales de piedra, abriendo muy grandes los labios de mármol, aprovecharon ese mismo viento para gemirles feliz viaje.