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CAPITULO 15

-Y bien, muchacho, ¿qué haremos ahora para espantar a los espantosos, aterrorizar a los terroríficos, horripilar a los horripilantes?- gritó Mortajosario desde dentro de una nube. -¿Qué es más grande que los demonios y las brujas?

-¿Los dioses más grandes?

-¿Las brujas más grandes?

-¿Las iglesias más grandes?- aventuró Tom Skelton.

-¡Bendito Tom, has acertado! Una idea crece, ¿sí? ¡Una religión crece! ¿Cómo? Con edificios bastante monumentales como para echar sombras sobre todo un país: levantad construcciones que puedan verse en cien kilómetros a la redonda. Construid un edifico tan alto y famoso que hasta tenga un campanero jorobado. Así que ahora, muchachos, ayudadme a edificarlo, ladrillo sobre ladrillo, arbotante sobre arbotante. Edifiquemos…

-¡Notre Dame!- gritaron ocho muchachos.

-Y hay una razón más para edificar Notre Dame…- dijo Mortajosario. –Escuchad…

¡Bammm!

Una campana taño en el cielo.

¡Bammm!

-¡Socorro…!- murmuró una voz cuando los ecos se apagaron.

¡Bammm!

Los chicos miraron y vieron una especie de andamio levantado sobre la luna con un campanario a medio construir. En la cúpula misma pendía una gran campana de bronce, y esa campana repicaba.

Y dentro de esa campana, con cada tañido, redoble y volteo, gritaba una vocecita:

-¡Socorro!

Los chicos miraron a Mortajosario.

En los ojos de todos ellos fulguraba una pregunta:

-¿Pipkin?

¡Encontradme en el aire!, pensó Tom. ¡Y allí está!

Allí, sobre los techos de París, colgado de los pies, la cabeza por badajo, estaba Pipkin en una campana. O en todo caso la sombra, el espectro, el espíritu perdido de Pipkin.

Es decir, que había una campana, y cuando esa campana daba la hora, tañía con un badajo de carne y hueso. La cabeza de Pipkin golpeaba contra los bordes, y la campana resonaba. ¡Bammm! Y otra vez: ¡Bammm!

-Se le van a saltar los sesos- jadeó Henry-Trampitas.

-¡Socorro!- gritó Pipkin, una sombra en la campana, un espectro encadenado cabeza abajo para tocas los cuartos y las horas.

-¡Volad!- ordenaron los chicos a las escobas, que yacían muertas sobre las piedras de París.

-Ya no tiene vida- se condolió Mortajosario. –Savia, sustancia y fuego, todo perdido. Bueno, ahora –se restregó la barbilla, que chisporroteó, -¿Cómo subimos a ayudar a Pipkin sin escobas?

-Vuele usted, señor Mortajosario.

-Ah, no, ése no es el trato. Vosotros tenéis que salvarlo, siempre y para siempre, una y otra vez, esta noche, hasta la última salvación. Esperad. ¡Ah! Inspiración. Íbamos a edificar Notre Dame, ¿no es cierto? Bueno, entonces edifiquémosla ahora mismo y aquí, y trepemos hasta Pipkin, el cabeza-dura-aldaba-carillón. ¡Arriba, hijos! ¡Trepad por esas escaleras!

-¿Qué escaleras?

-¡Éstas! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Y aquí!

Los ladrillos se fueron colocando. Los muchachos saltaron. Y a medida que levantaban un pie, lo mantenían en el aire y volvían a apoyarlo, y una escalera iba apareciendo, piedra tras piedra.

¡Bammm!, dijo la campana.

-¡Socorro!- dijo Pipkin. Y los pies que galopaban en el aire descendían golpeteando, taconeando, pisando con fuerza… Un peldaño. Otro peldaño.

Y más arriba otro y otro espacio vació.

-¡Socorro!- dijo Pipkin.

¡Bammm!, resonó una vez más la campana hueca.

Y así corrieron por el vacío, mientras detrás Mortajosario los azuzaba, Los empujaba. Corrían en una ráfaga de viento luminoso y debajo de ellos los ladrillos y las piedras y la argamasa se ordenaban como naipes, se solidificaban bajo las punteras y tacones.

Era como subir por un pastel que se fuera construyendo a sí mismo, capa de piedra sobre capa de piedra, mientras la loca campana y el triste Pipkin gritaban y suplicaban arriba.

-¡nuestra sombra, allá está!- dijo Tom.

Y en verdad la sombra de esa catedral, de esa espléndida Notre Dame a la luz de la luna, cubría toda Francia y la mitad d Europa.

-¡arriba, chicos, arriba; sin pausa ni descanso, corred!

¡Bum!

¡Socorro!

Todos corrieron. Empezaban a caerse a cada paso, pero otra vez y otra y otra aparecían los peldaños, y los salvaban y los llevaban más alto, y las sombras de las cúpulas cruzaban ríos y campiñas y apagaban las últimas hogueras de brujas en los cruces de caminos. Arpías, hechiceras, magos, íncubos, a mil kilómetros de distancia, se apagaban como velas, se dispersaban en humo, gemían y se escondían enterrándose a medida que la iglesia se levaba, crecía en el cielo.

-Y tal como los romanos talaron los árboles druidas y mutilaron al Dios de la muerte hasta derribarlo, ahora nosotros con esta iglesia, chicos, proyectamos una sombra que voltea los zancos de todas las brujas, y pone en fuga a los hechiceros zarrapastrosos y a los magos de tres por cuatro. No más hogueras de brujas. Sólo este gran cirio encendido. Notre Dame. ¡Presto!

Los chicos reían alborozados.

Porque el último escalón acababa de ponerse en su lugar.

Jadeantes, habían llegado a la cúspide.

La catedral de Notre Dame estaba terminada y construida.

¡Bum!

La última campana de bronce se estremeció.

Y colgó vacía.

Los muchachos se asomaron a la boca cavernosa.

Ya no tenía un badajo que parecía Pipkin.

-¿Pipkin?- susurraron.

-…kin- repitió con un leve eco la campana.

-Está aquí en alguna parte. Allí arriba en el aire, nos prometió que lo encontraríamos. Y pipkin nunca olvida una promesa- dijo Mortajosario. –Mirad en torno, muchachos. Hermosa obra artesanal, ¿eh? Siglos de trabajo resueltos. ¿Qué? Mirad para arriba. Escudriñad alrededor. ¿Eh?

Los chicos miraron con curiosidad. Estaban desconcertados.

-Humm.

-¿No os parece que el lugar está demasiado desnudo? ¿Demasiado intacto y pobre de ornamentos?

-¡Gárgolas!

Todos se volvieron a mirar a…

Wally Babb, que se había disfrazado de Gárgola para la Fiesta de las Brujas. La revolución le iluminaba la cara.

-Gárgolas. No hay una sola gárgola en todo el lugar.

-Gárgolas.- Mortajosario vocalizó la palabra, la embelleció con las ricas sonoridades de su lengua de lagartija. –Gárgolas. ¿Las ponemos, muchachos?

-¿Cómo?

-Bueno, yo dirá que con un silbido. Llamad con silbidos a los demonios, muchachos, a los espíritus del mal, convocad con un profundo y vibrante resoplido a las alimañas y a las feroces y sanguinarias criaturas de las sombras.

Wally Babb aspiró profundamente.

-¡Aquí va el mío!

Silbó.

Todos silbaron.

¿Y las Gárgolas?

Acudieron al galope.