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CAPITULO 14

El cielo fue barrido a nuevo por las escobas.

Los chicos que ocupaban al menos ocho de estas escobas limpiaron a gritos el cielo.

Y en medio del desconcierto, mientras los alaridos de terror se transformaban en gritos de alborozo, los chicos casi olvidaron a Pipkin, que como ellos navegaba entre las islas de nubes.

-¡Por aquí!- anunció Pipkin.

-¡Tan rápido como podamos!- replicó Tom Skelton. -¡Pero Pip, qué difícil es cabalgar en el mango de una escoba!

-Curioso que digas eso- dijo Henry-Trampitas. –Estoy de acuerdo.

Todos estuvieron de acuerdo, resbalando, colgando, y volviendo a trepar.

Había ahora tal ajetreo de escobas que no quedaba lugar para nubes, ni para brumas y menos aún para nieblas y chiquillos. Había un terrible atascamiento de escobas, como si en todos los bosques de la tierra se hubiesen soltado a la vez todas las ramas que devastando los prados otoñales habían cortado limpiamente y habían apretado en manojos todas aquellas gramíneas capaces de convertirse en buenas barrenderas, limpiadoras y golpeadoras, echando luego a volar.

Allá iban todos los palos que apuntalaban los tendederos de ropa de todos los patios del mundo. Y con ellos, gavillas de hierbas, brazadas de malezas, matorrales de zarzas para arriar los rebaños de nubes y limpiar las estrellas y transportar a los chicos.

Muchachos que recibían, cada uno a lomo de un esquelético rocín, un diluvio de palos y bofetadas. Se los castigaba severamente por ocupar el cielo. Les tocaron unos cien moretones a cada uno, una docena de tajos, y exactamente cuarenta y nueve chichones en los cráneos tiernos.

-¡Epa, me sale sangre de la nariz!- boqueó Tom feliz, mirando el rojo que le embadurnaba los dedos.

-¡Pamplinas! –gritó Pipkin, entrando seco en una nube y volviendo mojado. –Eso no es nada. ¡Yo tengo un ojo negro, una oreja lastimada y he perdido un diente!

-¡Pipkin! Llamó Tom. -¡No sigas diciendo que vayamos contigo! ¡No sabemos dónde estás! ¿Dónde?

-¡En el aire!- dijo Pipkin.

-¡Uf!- murmuró Henry-Trampitas, -hay dos zillones, cien millones, noventa y nueve millones de acres de aire alrededor del mundo. ¿A qué medio acre se refiere Pip?

-Me refiero…- jadeó Pipkin.

Pero toda una gavilla de palos de escoba se soltó de golpe bailando frente a él con lo brazos en jarras como una lanzadera de cañas de maíz, o la cerca de una granja que de pronto se pusiera a dar brincos y saltos mortales.

Una nube de cara demoníaca abrió la boca. Se tragó a Pipkin, con escoba y todo, y luego contrajo sus vapores y tronó con una indigestión de Pipkin.

-¡Ábrete paso a puntapiés, Pipkin! ¡Dale una patada en el estómago!- sugirió alguien.

Pero nada pateó y la nube partió satisfecha de la Bahía Para Siempre rumbo al Alba de la Eternidad, rumiando una deliciosa cena de niño bueno.

-¿Encontrarlo en el aire?- resopló Tom. –Córcholis, horribles direcciones a la nada.

-¡Mira direcciones todavía más horribles!- dijo Mortajosario, navegando junto a él en una escoba que parecía un gato mojado y furibundo en el extremo de un cepillo de piso. -¿Queréis ver brujas, muchachos? ¿Hechiceras, arpías, adivinas, magos, nigromantes, demonios, diablos? Allí estarán, muchachos, en tropeles, en tumultos, abrid bien los ojos.

Y allá abajo, por toda Europa, a través de Francia y Alemania y España, en los caminos anochecidos había en verdad racimo s y multitudes y procesiones de extraños pecadores que huían al norte, una turbamulta que se alejaba de los Mares del Sur.

-¡Eso es! ¡Saltad, corred! Por aquí hacia la noche. ¡Por aquí hacia la oscuridad!- Mortajosario volaba a escasa altura, gritando sobre las multitudes como un general que diera órdenes a una magnífica tropa de criaturas maléficas. -¡Rápido, escondeos! ¡Cuerpo a tierra! ¡Esperad unos siglos!

-¿Esconderse de qué?- inquirió Tom.

-¡Aquí viene los cristianos!- gritaban las voces allá abajo, en los caminos.

Y ésa era la respuesta.

Tom parpadeó, subió, y observó.

Y desde todos los caminos las turbas corrían para dispersarse en las granjas, en las encrucijadas, en los labrantíos, en los poblados. Hombres viejos. Mujeres viejas. Desdentados y enfurecidos, aullando al cielo mientras las escobas barrían y barrían.

-Caramba- dijo Henry-Trampitas azorado. -¡Son brujas!

-¡Que me limpien a seco el alma y la cuelguen a secar si no tienes razón, muchacho!- asintió Mortajosario.

-Hay brujas que salta hogueras- dijo J. J.

-Y brujas que revuelven calderos- dijo Tom.

-Y brujas que dibujan símbolos en el polvo de las granjas- dijo Ralph. -¿Son reales? Quiero decir, yo siempre pensé…

-¿Reales?- Mortajosario, ofendido, estuvo a punto de caerse de su escoba gato- erizado. -¡Sí, inocentes pajarillos, sí, criaturas, todos los pueblos tienen una bruja residente! Sí, así es, todos los pueblos esconden a algún sacerdote pagano de la antigua Grecia, a algún adorador romano de dioses minúsculos que corren por los caminos, se esconden en las alcantarillas, se entierran en cavernas para escapar de los cristianos. En todos los villorrios, chico, en todas las granjas de mala muerte que puedas encontrar se ocultan antiguas religiones. Habéis visto cómo fueron mutilados y talados los druidas, ¿eh? Ellos se ocultaban de los romanos. Y ahora son los romanos, que alimentaban con cristianos a los leones, quienes corren a esconderse. Así es como todos esos descoyuntados cultos menores de todos los gustos y tipos, luchan para sobrevivir. ¡Ved cómo corren, muchachos!

Y era verdad.

Por toda Europa ardían hogueras. En cada encrucijada, junto a cada parva de heno unas formas oscuras saltaban a través de las llamas transformadas en gatos. Los calderos burbujeantes. Las viejas arpías maldecían. Los perros retozaban con carbones al rojo.

-Brujas, brujas por todos lados- dijo Tom, sorprendido. -¡Nunca pensé que hubiese tantas!

-Legiones y multitudes, Tom. Europa estaba inundada hasta los topes. Brujas bajo los pies, debajo de las camas, en los sótanos y en las buhardillas.

-Caramba, caramba- dijo Henry-Trampitas, orgulloso en su disfraz de Bruja. -¡Brujas de verdad! ¿Podían hablar con los muertos?

-No- dijo Mortajosario.

-¿Engañar a los diablos?

-No.

-¿Meter a los demonios en las bisagras de las puertas y hacerlos chirriar a medianoche?

-No.

-¿Cabalgar en palos de escoba?

-Nopo.

-¿Hacer estornudar a la gente?

-Lástima, pero no.

-¿Matar a personas clavando alfileres en muñecos?

-No.

-Bueno, diantre, ¿qué podían hacer?

-Nada.

-¡Nada!- gritaron todos, ultrajados.

-¡Ah, pero ellas creían que podían, muchachos!

Mortajosario guió a los jinetes montados en escobas hasta las granjas donde las brujas echaban ranas en los calderos y pisoteaban sapos y aspiraban polvo de momias y retozaban cacareando.

-Pero, deteneos a pensar. ¿Qué significa en verdad la palabra «bruja»?

-Bueno…- dijo Tom, cohibido.

-Ingenio- dijo Mortajosario. –Inteligencia. Eso quiere decir. Conocimiento. De modo que cualquier hombre, cualquier mujer, con medio cerebro y ganas de saber algo, tenía aptitudes, ¿eh? Y así cualquiera demasiado despierto, que no se ocultaba lo bastante, lo llamaban…

-¡Brujo!- dijeron los niños a coro.

-Y algunos de los más listos, los realmente ingeniosos, decían que eran magos, o imaginaban soñar con fantasmas y almas en pena y momias errantes. Y si por casualidad un enemigo caía fulminado, se le atribuían todas las glorias. Les gustaba creerse poderosos, pero no lo eran, muchachos, lo siento, pero es la triste verdad. Ahora, escuchad. Allá, del otro lado de la colina. De allí vienen las escobas. Y hacia allá van.

Los chicos escucharon y oyeron:

Este Taller de Escobas fabrica
la escoba que asoma
en el cielo lóbrego y a la salida de la luna,
el palafrén de brujas que vuela muy alto
sobre cosechas de huracanes de hierbas
y se mueve con gritos y suspiros
en océanos de nubes, a veces ruidosa,
a veces callada…

Abajo, una fábrica de escobas para brujas trabajaba sacudiéndose, a toda máquina: se cortaban los mangos, y no bien les ataban los manojos de paja, todas las escobas trepaban por las chimeneas. Entre lluvias de chispas. En los tejados, las arpías las montaban de un salto y cabalgaban por el cielo estrellado.

O así parecía, mientras los muchachos miraban y las voces cantaban:

¿Las Brujas oían desde la cama el viento nocturno
y salían a retozar y a danzar con diablos y muertos?
¡No!
Eso decían, aseguraban y escribían
hasta que continentes enteros llamaron
«brujas» endemoniadas a gente inocente,
y conspiraron,
y a viejas, infantas y vírgenes echaron a la hoguera.

El populacho recorría enfurecido las aldeas y las granjas con antorchas, maldiciendo. Los fuegos ardían desde el canal de la Mancha hasta las cotas del Mediterráneo.

Diez mil de esas brujas demoníacas
fueron colgadas en Francia y Alemania
para que zapatearan una última danza.
No quedó aldea sin un aquelarre privado
pues cada lado acusaba al otro de cerdo del infierno,
marrana de Luzbel, verraco demoníaco.

Cerdos salvajes, con brujas pegadas a los lomos, trotaban por los techos de tejas, arrancando chispas, con los hocicos humeantes:

Toda Europa era una nube de humo de brujas.
A menudo los jueces ardían junto con ellas.
¿Por qué? ¡Una simple broma!
Hasta que al fin: ¡Todos los hombres están
manchados por la culpa!
¡Todos pecan, todos mienten!
¿Qué hacer entonces?
¡Y bien: que todos mueran!

El humo se arremolinaba en el cielo. En las encrucijadas había brujas colgadas, cuervos apretados en la plumosa oscuridad.

Arriba los chicos colgaban de las escobas, los ojos fuera de las órbitas, estupefactos.

-¿Alguno quiere ser bruja?- preguntó por último Mortajosario.

-Humm…- dijo Henry-Trampitas, estremeciéndose en sus harapos de bruja. -¡Yo… yo no!

-No es broma, ¿eh, muchacho?

-No es broma.

Las escobas los llevaron lejos de las carnes carbonizadas y el humo.

Aterrizaron en una calle desierta, en un lugar abierto, en París.

Las escobas se les desplomaron, muertas.