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CAPITULO 13

Samhain, guadaña en alto, echó una mirada alrededor, feliz con sus juegos.

Rió entre dientes la más deliciosa de las carcajadas, escupió un feroz salivazo en sus manazas córneas, apretó la guadaña con más fuerza, la blandió, y se quedó petrificado…

Porque en alguna parte alguien cantaba.

En alguna parte cerca de la cresta de una colina, entre unos pocos árboles, chisporroteaba una pequeña hoguera.

Allí unos hombres que parecían sombras elevaban los brazos al cielo y entonaban cánticos.

Samhain escuchó, la guadaña en los brazos como una gran sonrisa.

¡Oh Samhain, Dios de los Muertos!
¡Escúchanos!
En esta Arboleda de grandes Robles,
nosotros, los Sagrados Sacerdotes Druidas,
!te imploramos por las almas de los Muertos!

Allá a lo lejos, esos hombres extraños juntos a una hoguera crepitante alzaban cuchillos de metal, alzaban gatos y cabras en las manos, cantando:

Oramos por las almas de aquellos
que transformaste en Bestias.
Oh Dios de los Muertos, sacrificamos
estas bestias
para que liberes las almas
de los seres queridos
que han muerto este año.

Los cuchillos centellearon.

Samhain sonrió con una sonrisa aún más amplia. Los animales chillaron.

Alrededor de los chicos, por doquier, sobre la tierra, la hierba, las rocas, las almas prisioneras, perdidas en arañas, encerradas en cucarachas, relegadas en pulgas y escolopendras, boqueaban y plañían silenciosos gemidos y se retorcían y agitaban.

Tom dio un respingo. Le pareció oír alrededor un millón de pequeños, oh muy microscópicos balidos de dolor y alivio, allí donde bailoteaban los ciempiés y danzaban las arañas.

-¡Libéralos! ¡Déjalos en paz!- oraban los druidas en la colina.

La hoguera se inflamó.

Un viento marino rugió sobre los prados, acarició las rocas, tocó a las arañas, puso patas arriba a las cucarachas. Las arañas diminutas, los insectos, los perros y vacas en miniatura echaron a volar como un millón de copos de nieve. Las almas aprisionadas en cuerpos de insectos se dispersaron.

Liberadas, con un vasto y cavernosos susurro, subieron al cielo como una exhalación.

-¡Al cielo!- clamaron los sacerdotes druidas. -¡Libres al fin! ¡Subid!

Las almas volaron. Se desvanecieron en el aire con un profundo suspiro de alivio y mucha gratitud.

Samhain, el Dios de los Muertos, se encogió de hombros y las dejó partir. Y de pronto, como antes, se quedó petrificado.

Al igual que los chicos escondidos y el señor Mortajosario, acurrucados entre las rocas.

Desde el valle y a través de la colina avanzaba un ejército de soldados romanos, a paso redoblado. El jefe corría al frente de la columna, y gritaba:

-¡Soldados de Roma! ¡Destruid a los paganos! ¡Destruid la religión sacrílega! ¡Así lo ordena Suetonio!

-¡Por Suetonio!

Samhain, en el cielo, alzó la guadaña ¡demasiado tarde!

Blandiendo hachas y espadas, los soldados se ensañaron con los sagrados robles de los druidas

Samhain aulló de dolos como si las hachas le hubiesen arrancado las piernas.

Los árboles sagrados gimieron, silbaron, y con una sacudida final se desplomaron atronando el suelo.

En el aire alto Samhain se estremeció.

Los sacerdotes druidas dejaron de correr y temblaron de pies a cabeza.

Los árboles cayeron.

Talados a la altura de los tobillos, de las rodillas, los sacerdotes cayeron, como robles en un huracán.

-¡No!- rugió Samhain en el aire alto.

-¡Pero sí!- gritaron los romanos. -¡Ahora!

Los soldados asestaron un último y poderoso golpe.

Y Samhain, Dios de los Muertos, arrancado de raíz, talado por los tobillos, empezó a caer.

Los chicos, que miraban hacia arriba, saltaron para ponerse a salvo. Porque era como si una selva gigantesca se desplomase de pronto. La inmensa caída los sumió en una oscuridad de medianoche. El trueno de la muerte precedió al árbol. Era el roble más alto que alguna vez se desplomara para morir; y a plomo cayó por el aire enfurecido, gritando, aleteando.

Samhain golpeó el suelo.

Cayó con un rugido que estremeció los huesos de las colinas y extinguió las hogueras sagradas.

Y junto con Samhain, mutilado y derribado y muerto, cayó el último de los robles druidas, como trigo segado con una guadaña final. La enorme guadaña de Samhain, una vasta sonrisa perdida en los campos, se disolvió en un charco de plata y se hundió en la hierba.

Silencio. Rescoldos humeantes. Un remolino de hojas.

Repentinamente se puso el sol.

Los sacerdotes druidas se desangraban sobre la hierba a la vista de los muchachos, y el capitán romano iba de una a otra hoguera y pateaba las sagradas cenizas.

-¡Aquí levantaremos los templos a nuestros dioses!

Los soldados encendieron nuevos fuegos y quemaron incienso ante los nuevos ídolos dorados.

Pero casi enseguida una estrella brilló en el este. Por las lejanas arenas del desierto, al son de las campanillas de los camellos, avanzaban Tres Reyes Magos.

Los soldados romanos alzaron los escudos de bronce para protegerse del resplandor de la Estrella. Pero los escudos se les fundían. Los ídolos romanos se fundían transformándose en imágenes de María y su Hijo.

Las armaduras de los soldados se fundían, goteaban, cambiaban. Vestían ahora el ropaje de sacerdotes que entonaban letanías en latín ante altares todavía más nuevos, mientras Mortajosario, acurrucado, entornando los ojos, contemplaba la escena, y murmuraba a los pequeños enmascarados:

-Así es, muchachos, ¿lo veis? Dioses tras dioses. Los romanos abatieron a los druidas, los robles, al Dios de los Muertos, ¡pum!, ¡abajo! Y los reemplazaron por otros dioses, ¿eh? ¡Ahora llegan los cristianos y vencen a los romanos! Nuevos altares, muchachos, nuevo incienso, nuevos nombres…

El viento apagó los cirios del altar.

En la oscuridad, Tom gritó. La tierra se estremeció y giró, vertiginosa. La lluvia los caló hasta los huesos.

-¿Qué es lo que pasa, señor Mortajosario? ¿Dónde estamos?

Mortajosario encendió un pulgar de yesca y lo sostuvo en alto.

-Válgame el cielo, muchachos. Es la Edad del Oscurantismo. La noche más larga y oscura de toda la historia. Tiempo ha que Cristo llegó y abandonó este mundo y…

-¿Dónde está Pipkin?

-¡Aquí!- gritó una voz desde el cielo en tinieblas. -¡Creo que estoy montado en una escoba! ¡Me lleva… lejos!

-Epa, yo también- dijo Ralph, y a continuación J. J. y luego Cepillo Nibley, y Wally Babb, y todos los demás.

Se oyó un inmenso murmullos, como si un ato gigantesco se atusara los bigotes en la oscuridad.

-Escobas- cuchicheó Mortajosario. –El cónclave de las Escobas. El Festival de Escobas de Octubre. La Migración Anual.

-¡Socorro! ¡Estoy volando!- exclamó Henry-Trampitas.

Un movimiento rápido. Una escoba lo levantó por el aire.

Un gran gato erizado rozó la mejilla de Tom. Sintió que un palo de madera le saltaba entre las piernas.

-¡No te sueltes!- le dijo Mortajosario. -¡Cuando te ataca una escoba, lo único que puedes hacer es no soltarte!

-¡No me soltaré!- gritó Tom, y voló alejándose.