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CAPITULO 12

Y bien, los chicos que acababan de aterrizar como un chaparrón de rutilante hojarasca otoñal iban en este orden:

Tom Skelton, ataviado con unos deliciosos huesos.

Henry-Trampitas, más o menos parecido a una bruja.

Ralph Bengstrum, una momia desenvuelta, que minuto a minuto perdía más vendas.

Un fantasma llamado George Smith.

J. J. (no hace falta más), un muy buen Hombre-Mono.

Wally Babb, afirmaba que era una Gárgola, pero todos decían que más se parecía a Cuasimodo.

Fred Fryer, qué otra cosa sino un mendigo recién salido de una alcantarilla.

Y al fin, pero no menos importante, Cepillo Nibley, que a último momento se había improvisado un disfraz poniéndose simplemente una blanca careta terrorífica y descolgando de la pared del garaje la guadaña del abuelo.

Una vez que los muchachos aterrizaron sanos y salvos en tierra inglesa, los miles de millones de hojas se les desprendieron y echaron a volar.

Estaban en el centro de un trigal inmenso.

-Aquí, Maese Nibley, te traje tu guadaña. ¡Tómala! ¡Ahora cuerpo a tierra!- ordenó Mortajosario. -¡El Dios Druida de los Muertos! ¡Samhain! ¡Al suelo!

Se tiraron al suelo.

Pues una enorme guadaña bajaba rozando la tierra. El largo filo de la hoja rebanaba nubes. Descabezaba árboles. Rasuraba la mejilla de la colina. Afeitaba pulcramente el campo de trigo. Una verdadera ventisca de espigas revoloteaba en el aire.

Y con cada golpe de cuchilla, cada tajo, cada guañadazo, el cielo se poblaba de lamentos, chillidos y aullidos.

La guadaña siseó en lo alto.

Los muchachos se acurrucaron.

-¡Haanh!- gruñó un vozarrón.

-Señor Mortajosario, ¡es usted!- gritó Tom.

Porque en el cielo, cerniéndose amenazante a doce metros de altura, acababa de aparecer una figura encapuchada que blandía una enorme guadaña, el rostro envuelto en las brumas de la medianoche.

La hoja afilada bajó de golpe: ¡hissssssss!

-¡Señor Mortajosario, apiádese de nosotros!

-¡Cállate!- Alguien le dio a Tom un golpecito en el codo. El señor Mortajosario estaba echado junto a él. –Ése no soy yo. Es…

-¡Samhain!- gritó la voz desde la niebla. -¡El dios de los Muertos! ¡Así cosecho, y así!

¡Ssssss-huuussshhhhhh!

-¡Todos los que han muerto este año están aquí! ¡Y por sus pecados, esta noche, son convertidos en bestias!

¡Ssssssbummmmmm!

-¡Piedad!- lloriqueó Ralph-la-momia.

¡Sssssstttttt! La guadaña rozó la espalda de Cepillo Nibley , desgarrándole el disfraz, arrancándole la guadañita de las manos.

-¡Bestias!

Y las espigas de trigo, lanzadas al aire, giraron con el viento, y las almas escaparon en alaridos; todos los muertos de los últimos doce meses llovieron sobre la tierra. Y al caer, al tocar el suelo, las espigas de trigo se convertían en asnos, gallinas y serpientes que roznaban, cacareaban y se escurrían; en perros, gatos y vacas que ladraban, maullaban y mugían. Pero todos eran miniaturas. Todos eran diminutos, pequeñísimos, no m{as grandes que gusanos, no más que pulgares, no más que la punta rebanada de una nariz. Por centenares y millares las espigas saltaban como copos de nieve y caían como arañas que, no pudiendo gritar, suplicar o implorar misericordia, se deslizaban en silencio por la hierba, se volcaban sobre los chicos. Un centenar de ciempiés recorrió de puntillas la espalda de Ralph. Doscientas sanguijuelas se aferraron a la guadaña de Cepillo Nibley, hasta que el chico bramó y sacudió la guadaña, como despertando de una pesadilla.

Por todas partes caían viudas negras y diminutas boas.

-¡Por vuestros pecados! ¡Vuestros pecados! ¡Tomad! ¡Esto! ¡Y esto!- La voz retumbó en el cielo sibilante.

La guadaña centelleó. El viento, mutilado, cayó en truenos rutilantes. Las mieses zarandeadas se rindieron al fin y entregaron un millón de cabezas. Las cabezas rodaron. Los pecadores golpeaban como piedras contra el suelo. Y al golpear se convertían en ranas y sapos y en verrugas escamosas con patas y en medusas pestilentes a la luz.

-¡Seré bueno!- prometió Tom Skelton.

-¡Déjame vivir!- agregó Henry-Trampitas.

Todo esto lo dijeron en voz muy alta, pues el ruido de la guadaña era aterrador. Parecía que una ola del océano cayese del cielo, barriese una playa y subiera nuevamente a segar más nubes. Hasta las nubes parecían musitar plegarias presurosas y fervientes. ¡A mí no! ¡A mí no!

-¡Por todo el mal que habéis hecho!- decía Samhain.

Y la guadaña cortaba y las almas cosechadas caían transformadas en salamandras ciegas, chinches repulsivas y cucarachas horrorosas que se escabullían, renqueaban, se arrastraban, escarabajeaban.

-¡Por rodos los demontres! ¡Es un hacedor de bichos!

-¡Un aplastador de pulgas!

-¡Un triturador de serpientes!

-Un transformador de cucarachas!

-¡un guarda moscas!

-¡No! ¡Samhain! El Dios de Octubre. ¡El Dios de los Muertos!

Samhain plantó un pie descomunal que aplasto mil bichos en el pasto y pulverizó las almas diminutas de diez mil bestias.

-Creo- dijo Tom –que es hora…

-¿De escapar?- sugirió Ralph, seriamente.

-¿Votamos?

La guadaña siseó. Samhain retumbó.

-¡Que vote el demonio!- dijo Mortajosario.

Todos se levantaron de un salto.

-¡Eh, volved!- tronó una voz allá arriba.

-No, señor, gracias- dijeron uno tras otro.

Y echaron a correr.

-Supongo- dijo Ralph, jadeando, saltando, con lágrimas en las mejillas- que he sido bastante bueno casi toda mi vida. No, no merezco morir.

-¡Hah-hnnh!- gritó Samhain.

La guadaña bajó como una guillotina descabezando un roble y talando un arce. En algún lugar, un huerto de manzanos otoñales cayó en una cantera. Resonó como si toda una escuela de párvulos se precipitara escaleras abajo.

-No creo que te haya oído, Ralph- dijo Tom.

Se zambulleron. Rodaron entre rocas y malezas.

La guadaña rebotó contra las piedras.

Samhain lanzó un alarido que provocó un desprendimiento de tierra en una ladera cercana.

-Caramba- dijo Ralph, replegado como un caracol, con las rodillas contra el pecho y los ojos bien cerrados. –Inglaterra no es sitio para pecadores.

Y mientras tanto una lluvia final, un chaparrón , un aguacero de almas-histéricas-convertidas-en-escarabajos, en pulgas, en chinches de mal olor, e arañas zancudas, se deslizaba por encima de los muchachos.

-Eh, mirad. ¡Ese perro!

Un perro salvaje, despavorido, trepaba por las rocas a toda carrera.

Y la cara del perro, los ojos, algo en los ojos…

-¿No será…?

-¿Pipkin?- dijeron todos.

-Pip…- gritó Tom. -¿Aquí nos encontramos? Entonces…

Pero ¡fuuuum! La guadaña cayó.

Y lloriqueando de terror, el perro rodó sobre si mismo y resbaló cuesta abajo.

-Aguántate, Pipkin. ¡Te reconocemos, te vemos! ¡No te asustes! No… -Tom silbó.

Pero el perro, que gemía con la dulce y adorada y asustada voz de Pipkin, ya no estaba allí.

Pero ¿No devolvían las colinas un eco de aquel gañido?

-Encontradme. Encontradme. Encontraaaaaadme.

«¿Dónde ¿», pensó Tom. «Cuernos, ¿dónde? »