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CAPITULO 11

Llegaron jadeando a la cúspide de la pirámide, donde había una gran lente de cristal, un catalejo que giraba lentamente con el viento sobre un trípode dorado, un ojo gigantesco que acercaba los lugares distantes.

El sol, ahogado y moribundo entre nubes, se hundía en el poniente. Mortajosario lanzó un grito de júbilo:

-Allá va, chicos. El corazón, el alma, la carne de la Noche de las Brujas. ¡El Sol! Allí asesinan otra vez a Osiris. Allí se hunde Mitra, el fuego persa. Allí sucumbe Febo Apolo, pura luz griega. Sol y llama, muchachos. Mirad y parpadead. Moved ese catalejo, que recorra mil kilómetros de costa mediterránea. ¿Veis las Islas Griegas?

-Seguro- dijo el simple George Smith, disfrazado de insólito y pálido fantasma. –Ciudades, pueblos, calles, casas. ¡La gente sale presurosa por los pórticos llevando comida!

-Sí, sí.- Mortajosario irradiaba felicidad. –Otro Festival de los Muertos: la Fiesta de las Vasijas. Prenda-o-premio a la antigua usanza. Pero prendas a pagar a los muertos si no les das de comer. ¡Por eso ponen los premios, en los umbrales, como platos de banquete!

A lo lejos, en la penumbra suave, flotaban en volutas de vapor los aromas de carnes cocidas, se preparaban manjares para los espíritus que humeaban a lo largo de la comarca de los vivo. Las mujeres y los niños de los hogares griegos iban y venían cargados de innumerables vituallas especiadas y deliciosas.

De pronto, en todas las Islas Griegas, las puertas se cerraron con estrépito. El golpe reverberó en el viento oscuro.

-Los templos se cierran herméticamente- dijo Mortajosario. –Todos los santuarios de Grecia tendrán doble vuelta de llave esta noche.

-¡Mirad!- Ralph-que-era-una-Momia movió la lente. La luz fulguró por encima de las máscaras de los chicos. -¿Por qué pinta esa gente con melaza negra las jambas de las puertas?

-Brea- corrigió Mortajosario. –Alquitrán para que los fantasmas se queden pegados y no puedan entrar en las casas.

-¡Cómo no se nos ocurrió!- Dijo Tom. La oscuridad avanzaba por las playas mediterráneas. De las tumbas salían flotando como una niebla tenue los espíritus de los muertos en penachos de hollín; y recorrían las calles y quedaban atrapados en el negro alquitrán que embadurnaba los umbrales. El viento se lamentaba, como si estuviera describiendo la angustia de los muertos.

-Ahora, Italia, Roma.- Mortajosario apuntó el catalejo a los cementerios romanos, donde la gente ponía comida sobre las tumbas y se alejaba rápidamente.

El viento azotó la capa de Mortajosario. Le ahuecó la voz:

Oh viento del otoño que calinas y quemas,
ensombreciendo el mundo entero,
sopla ahora como un huracán,
alcánzame y transfórmame
¡En un enjambre de hojas del árbol del otoño!

Mortajosario saltó elevándose verticalmente. Los chicos gritaron alborozados, mientras veían como las ropas, el albornoz, el pelo, la piel, el cuerpo, los huesos de maíz acaramelado de Mortajosario volaban en pedazos.

...hojas... Quema...
...Cambia... Lleva...

El viento lo dispersó como un puñado de confeti; un millón de hojas otoñales, oro, rojo sangre, pardo, herrumbre, todas indómitas, susurrantes, burbujeantes; un nido de hojas de roble y arce, una cascada de hojas de nogal, un deleznable remolino de susurros, murmullos, que crepitaban hacia el oscuro manantial del cielo. Mortajosario estalló, no en una cometa, sino en miles de millares de diminutas cometas de escamas de momia:

¡Que el mundo gire,
y ardan las hojas,
que el pasto muera…
y los árboles vuelen!

Y de mil millones de otros árboles en tierras otoñales, las hojas se precipitaron para unirse a los batallones remolineantes de partículas resecas en que se había convertido Mortajosario, desde donde ahora atronaba su voz:

-Chicos, ¿Veis los fuegos a lo largo de la costa mediterránea? ¿Los fuegos encendidos por todo el norte de Europa? Hogueras de terror. Llamas de celebración. ¿Os gustaría espiar, muchachos? ¡Arriba, entonces, a volar!

Y las hojas cayeron en aluvión sobre los chicos como aleteantes y terribles polillas, y los llevaron por el aire. Sobre las arenas de Egipto cantaron y rieron, con una risa nerviosa a veces. Sobre el mar desconocido se remontaron, extasiados e histéricos.

-¡Feliz año nuevo!- gritó una voz, a lo lejos.

-¿Feliz que?- preguntó Tom.

-¡Feliz año nuevo!- Mortajosario, una nevisca de hojas herrumbrosas, enronqueció la voz. –En tiempos remotos, el primero de noviembre era el día de año nuevo. El verdadero fin del verano, el frío comienzo del invierno. No exactamente feliz, pero bueno ¡Feliz año nuevo!

Atravesaron Europa y allá abajo vieron un nuevo mar.

-Las Islas británicas- murmuró Mortajosario. -¿Os gustaría echarle un vistazo al dios druida de los muertos, que se adoraba en Inglaterra?

-¡Claro que nos gustaría!

-¡Mudos como piedras, entonces, silenciosos como la nieve, dejaos caer, bajad como ráfagas, todos y cada uno!

Bajaron.

Como un saco de castañas, los pies de los niños llovieron sobre la tierra.