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CAPITULO 10

-¡Pronto, ahora, buscadme!

La voz risueña de Mortajosario los llamaba.

-¡Por aquí! ¡No, aquí! ¡Aquí!

Corrieron por la estrecha cinta de lienzo, hacia las profundidades de la tierra.

-Sí. Aquí estoy.

Volvieron un recodo y se detuvieron en seco, pues la larga cinta de lienzo zigzagueaba por el piso de la tumba y trepaba por un muro, yendo a enroscarse al pie de una antigua momia de color pardo, instalada en un hondo nicho alumbrado con velas.

-¡Es…!- tartamudeo Ralph Bengstrum, ataviado también como Momia. -¿Es… una momia de veras?

-Sí.- Por debajo de la máscara dorada que cubría la cara de la momia, caía polvo. –Sí, de veras.

-¡Señor Mortajosario! ¡Usted!

La máscara dorada cayó al suelo resonando como una campana cristalina.

Donde antes estuviera la máscara apareció el rostro de una momia, una ciénaga de barro parduzco resquebrajado por el hálito candente del sol. Uno de sus ojos estaba cerrado, pegoteado con tela de araña. En las grietas del otro ojo asomaban lágrimas de polvo, y un centelleo de brillante vidrio azul.

-¿Hay aquí algún niño disfrazado de momia?- preguntó una voz ahogada bajo la mortaja.

-¡Sí, yo, señor!- chirrió Ralph, mostrando los brazos, las piernas, el pecho, los vendajes en que había pasado la tarde entera envolviéndose, momificándose.

-Bien- suspiró Mortajosario. -Toma la cinta de lienzo. ¡Tira!

Ralph se agachó, asió los vendajes de la antigua momia y… ¡Zas!

La cinta empezó a desenroscarse de arriba abajo, de arriba abajo, hasta descubrir la nariz picuda de un antiguo reptil, la barbilla escamosa y la sonrisa reseca y polvorienta de Mortajosario. Los brazos cruzados sobre el pecho cayeron flojos a los lados.

-¡Gracias, hijo! ¡Libre! ¡No es broma estar envuelto como un viejo regalo funerario en la Comarca de los Muertos! Pero… ¡Chitón! Rápido, muchachos, saltad a los nichos, quedaos duros. Alguien se acerca. ¡Haceos las momias, haceos los muertos!

Los chicos saltaron a los nichos y se quedaron muy erguidos, con los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos cerrados conteniendo el aliento, un friso de pequeñas momias talladas en la antigua roca.

-Tranquilos- susurró Mortajosario. –Aquí viene…

Un cortejó fúnebre.

Un ejército de doliente ataviados en oro y finísimas sedas trayendo en las manos barquitos de juguete y recipientes de cobre repletos de comida.

Y en el centro, un sarcófago liviano como un rayo de sol, llevado en andas por seis hombres. Y detrás de ellos, una momia recién embalsamada, con pinturas frescas sobre los lienzos y una mascarilla de oro que le ocultaba el rostro.

-Mirad la comida, muchachos, mirad los juguetes- cuchicheó Mortajosario. –Ponen juguete en las tumbas, chicos. Para que los dioses vengan a jugar, a retozar, a jaranear, y se lleven niños felices a la Comarca de los Muertos. Mirad los barcos, las cometas, las cuerdas de saltar, los cuchillos de juguete…

-Pero mirad el tamaño de esa momia- dijo Ralph, dentro de los sofocantes vendajes.-¡Es un chico de doce años! ¡Como yo! Y esa mascarilla de oro que le cubre la cara… ¿No os parece familiar?

-¡Pipkin!- gritaron todos, roncamente.

-¡Sss!- siseó Mortajosario.

El cortejo se había detenido, los sumos sacerdotes escudriñaban alrededor entre las móviles sombras de las antorchas.

Los chicos, en los altos nichos, cerraron los ojos con fuerza, contuvieron el aliento.

-Ni un susurro- dijo Mortajosario, un mosquito en el oído de Tom.- ni un murmullo.

La música de las arpas empezó otra vez.

Arrastrando los pies, el cortejo se puso de nuevo en marcha.

Y allí, en medio de todo el oro y los juguetes, las cometas de los muertos, iba la pequeña momia reciente de un niño de doce años cuya mascarilla de oro era idéntica a…

Pipkin.

«¡No, no, no, no, no!», pensó Tom.

-¡Sí!- gritó una vocecita de ratón, tenue, perdida, sofocada, contenida, atrapada, angustiada. -¡Soy yo! ¡Estoy aquí! ¡Debajo de la máscara! ¡Debajo de los vendajes! ¡No puedo moverme! ¡No puedo gritar! ¡No puedo hacer nada!

«Pipkin», pensó Tom. «¡Espera!»

-¡No puedo escapar! ¡Estoy atrapado!- gritó la vocecita envuelta en lienzos de color. -¡Seguidme! ¡Buscadme! Me encontraréis en…

La voz se desvaneció; el cortejo fúnebre había desaparecido en una vuelta del oscuro laberinto.

-¿Seguirte adónde, Pipkin?- Tom Skelton saltó del nicho y chilló en la oscuridad. -¿Buscarte dónde?

Pero en ese preciso momento, Mortajosario cayó del nicho como un árbol talado, ¡Pum!, golpeando contra el suelo.

-¡Espera!- le advirtió a Tom, mirándolo desde el suelo con un ojo que parecía una araña enredado en su propia tela. –Todavía rescataremos al viejo Pipkin. Con maña. ¡Siglo y cautela, muchachos! ¡Ssst!

Lo ayudaron a levantarse y le quitaron algunas envolturas de momia y, avanzaron en puntillas por el largo corredor y llegaron al recodo.

-Caracoles- cuchicheó Tom. Mirad. Están poniendo la momia de Pipkin en el féretro y el féretro adentro del… del…

-Sarcófago.- Mortajosario lo sacó del apuro. –Un ataúd dentro de un ataúd dentro de un ataúd, hijo. Cada uno más grande que el anterior, todos cubiertos de jeroglíficos que narran la vida del difunto…

-¿La vida de Pipkin?- dijeron todos.

-O quienquiera que fuese Pipkin esta vez, este año, cuatro mil años atrás.

-Sí- murmuró Ralph. –Mirad las figuras a los lados del ataúd. Pipkin cuando tenía un año. Pipkin a los cinco. Pipkin a los diez y corriendo. Pipkin trepado a un manzano. Pipkin saqueando un huerto de melocotones. Esperad, ¿Que es eso?

Mortajosario seguía con la mirada los ajetreos del funeral.

-Están poniendo muebles en la tumba para que los use en la Comarca de los Muertos. Barcas. Cometas. Peonzas. Frutas frescas por si Pipkin despierta muerto de hambre dentro de cien años.

-Claro que estará muerto de hambre. ¡Demontre, mirad, se marchan! ¡Están cerrando la tumba!- Mortajosario tuvo que agarrar y retener a Tom, que saltaba desesperado de un lado a otro. -¡Pipkin está todavía allí, enterrado! ¿Cuándo lo salvamos?

-Más tarde. La Larga Noche es todavía joven. Volveremos a ver a Pipkin, no temas. Y entonces…

De pronto, la puerta de la tumba se cerró con estrépito.

Los chicos gimotearon y gritaron podían oír en la oscuridad el rasqueteo de la trufa que rellenaba con argamasa fresca las grietas y juntas a medida que ponían las últimas piedras.

Luego los dolientes se alejaron con arpas silenciosas.

Ralph, disfrazado de Momia, petrificado, miró cómo se iban las últimas sombras.

-¿Es por eso que me disfracé de momia?- Se palpó los vendajes. Tocó la arcilla rugosa de la vieja careta. -¿Eso es todo lo que soy en la Noche de las Brujas?

-Todo, hijo, todo- murmuró Mortajosario. –Los egipcios, muchacho, edificaban para durar. Hacían planes de diez mil años. Tumbas, muchacho, tumbas. Sepulcros. Momias. Huesos. Muerte, muerte. ¡La muerte era el corazón mismo, el meollo, la luz, el alma y el cuerpo de estas vidas! Tumbas y más tumbas con pasadizos secretos, para que nunca los descubrieran, para que los violadores de sepulcros no pudieran robar las almas y los juguetes y el oro. Tú eres una momia, muchacho, por que así vestían ellos par la eternidad. Envueltos en un capullo de hebras, esperaban renacer transformados en bonitas mariposas en algún mundo remoto, un mundo hermoso y acogedor. Conoce tu capullo, muchacho. Palpa los extraños lienzos.

-¡Pero cómo!- dijo Ralph la Momia, pestañeando ante los muros tiznados y los viejos jeroglíficos, -¡Para ellos todos los días eran el Día de los Muertos!

-¡todos los días!- jadearon los otros, admirados.

-Todos los días eran el Día de los Muertos también para ellos- señalo Mortajosario.

Los chicos dieron media vuelta.

Una especie de tormenta eléctrica verde burbujeo en la mazmorra sepulcral. El suelo se estremeció como sacudido por un terremoto arcaico. En algún lugar un volcán se agitó en sueños, iluminando los muros con un falco fogoso.

Y en los muros más alejados había dibujos prehistóricos de hombres cavernícolas, muy anteriores a los egipcios.

-Ahora- dijo Mortajosario.

Cayó un rayo.

Tigres de dientes de sable se abalanzaron sobre los cavernícolas, que gritaban aterrorizados. Caían en pozos de brea, y allí se hundían, gimiendo.

-Esperad. Salvemos a unos pocos con el fuego.

Mortajosario parpadeó. El rayo centelleó e incendió los bosques. Un Hombre-Mono tomó a la carrera una rama ardiendo y la clavó en unas fauces de diente afilados. El tigre aulló de dolor y escapó. El Hombre-Mono, con un resoplido triunfal, arrojó la rama llameante a un montón de hojas otoñales acumuladas en la caverna.

Otros hombres se acercaron a calentarse las manos al fuego, riéndose de la noche donde acechaban los ojos amarillos de las bestias, atemorizadas.

-¡Veis, muchachos?- Las llamas se reflejaban, inquietas, en el rostro de Mortajosario. –Los días del Largo Frío han concluido. Gracias a este valiente, a este hombre que piensa por primera vez, el estío habita en la caverna del invierno.

-Pero- dijo Tom -¿Que tiene que ver esto con el Día de los Muertos?

-¿Qué tiene que ver? Bueno, por mis huesos, todo. Cuando tú y tus amigos os morís todos los días, no hay tiempo para pensar en la Muerte, ¿Verdad? Sólo tiempo para correr. Pero cuando ya por último dejáis de correr…

Tocó los muros.

Los hombres-monos quedaron paralizados en mitad de un movimiento.

-… Ahora tenéis tiempo de pensar de dónde venís, adónde vais. Y el fuego alumbra el camino, muchachos. El fuego y el relámpago. Los luceros que brillan al alba. Un fuego protector en vuestra propia caverna. Solo a la luz de las hogueras nocturnas pudo por fin el cavernícola, el hombre-bestia, ensartar pensamientos en una vara y ponerlos al fuego aderezándolos con un zumo de inquietud. El sol moría en el cielo. El invierno llegaba como una gran bestia blanca, sacudiendo la pelambre, y enterraba al sol. ¿Regresaría alguna vez la primavera? ¡Renacería el sol con el nuevo año o seguiría muerto? Los egipcios se lo preguntaron. Los cavernícolas se lo preguntaron un millón de años antes. ¿Saldrá el sol mañana cuando amanezca?

-¿Y es ése el origen de la Noche de las Brujas?

-Esas largas meditaciones nocturnas, muchachos. Y siempre allí, en el centro, el fuego. El sol. El sol sucumbiendo para siempre bajo el cielo frío, aterrorizando al hombre primitivo. Aquélla era la Gran Muerte. Si el sol desaparecía para siempre, entonces ¿Qué?

»Y a mediados del otoño, mientras todo moría, los hombre-monos se agitaban en sueños, recordaban a los muertos del año anterior. Los espectros llamaban desde dentro de las cabezas. Recuerdos, eso son los espectros, pero los hombres-monos no lo sabían. Detrás de los párpados, en las horas tardías de la noche, aparecían los espectros de la memoria, saludaban, bailaban, y entonces los hombres-monos despertaban, echaban ramitas al fuego, lloraban, se estremecían. Podían ahuyentar a los lobos, pero no a los recuerdos, no a los fantasmas. Entonces se acurrucaban, rezaban pidiendo que llegase la primavera, vigilaban el fuego, agradecían a dioses invisibles las cosechas d frutos y bayas.

»¡Noche de Brujas, en verdad! Hace un millón de años, en el otoño, en una caverna, con las cabezas pobladas de fantasmas, y el sol perdido.

La voz de Mortajosario se apagó en un susurro.

El hombre se desenroscó otro par de metros de vendas de momia, se las colgó majestuosamente y dijo:

-Más cosas para ver. Venid conmigo, muchachos.

Y salieron de las catacumbas a la penumbra crepuscular de un antiguo día egipcio.

Una gran pirámide se levantaba ante ellos, expectante.

-El último en llegar a la cúspide- dijo Mortajosario –es tío de mono.

Y el tío de mono fue Tom.