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PANORAMA HISTORICO DE LA BRUJERÍA


La magia de los sacerdotes, hechiceros, videntes, adivinos, oráculos, profetas y demás personas fue altamente respetada en los rublos de la antigüedad. La creencia que algunas personas tenían en la posibilidad de influir en el curso de los fenómenos naturales constituyó el comienzo de las prácticas mágicas. La importancia de estas operaciones condujo al brujo a ocupar un papel relevante dentro de las comunidades.

Para las sociedades antiguas y las tradicionales, un acto de naturaleza fisiológica es, o puede llegar a ser, un sacramento, una comunión con lo sagrado.

Con el advenimiento de las sociedades agrícolas y sedentarias, la tierra se convirtió en una diosa a la que había que respetar y rendir culto para asegurar la fecundidad, lo cual la vinculó con la creación. Así, las mujeres ocuparon un lugar importante como sacerdotisas.

La brujería que podemos llamar “clásica” se desarrolla en las religiones surgidas de la Biblia. La magia formaba parte del mal; por lo tanto, tenía que ser obra del diablo y, todos aquellos que la utilizaran, sus servidores.

En retribución por servir al diablo, las brujas recibían ciertos poderes: provocar, curar o transferir enfermedades, desencadenar tormentas o sequías; producir impotencia y esterilidad; echar a perder las cosechas; hacer surgir o destruir el amor; dañar o incluso matar con la mirada o mediante la inserción de alfileres en figuras de cera que representaban a la víctima; predecir el futuro; animar objetos; revivir a los muertos; conjurar espíritus y transformarse en animales.

La brujería representa los aspectos sobrevivientes de las antiguas religiones populares paganas.

En Egipto, Sumeria, Babilonia y otros pueblos del Asia Menor existió la magia, la cual se relacionaba con espíritus y divinidades malignas, así como con la adivinación y la comunicación con los muertos, y también con la elaboración de amuletos para la protección de personas y objetos.

Los magos y las hechiceras figuraron en las civilizaciones de las antiguas Grecia y Roma. Estas culturas consideraban que la magia con fines benéficos era lícita y necesaria.

La creencia que tenían germanos y escandinavos de que las almas de los seres vivientes podían abandonar el cuerpo y llevar una existencia semi-independiente, los llevó a pensar que las brujas podían separarse de sus cuerpos y deambular en las noches bajo la forma de algún animal.

Una creencia similar existe en México. Desde los tiempos prehispánicos se piensa que todos los seres humanos, desde que nacen, se hallan bajo la influencia o protección de un anual o espíritu familiar. Ese espíritu puede adoptar la forma de un animal (gavilán, culebra, toro, zorro, perro, jaguar, iguana), de algún fenómeno natural o de una bola de fuego.

El cristianismo fue extendiéndose hasta convertirse en la religión dominante. A partir de entonces, las viejas prácticas de brujería tendieron a recluirse y ejercerse en secreto. Se convirtieron en una actividad nocturna.

En esos momentos, la iglesia católica se mostraba benevolente con los adeptos al paganismo. A quienes practicaban las artes mágicas se les aplicaba una penitencia y se les exhortaba a inscribirse en la nueva fe.

La desnudez, por ejemplo, comenzó a ser estigmatizada y se la asoció con la lujuria. Asimismo, la actitud que la Iglesia adoptó con respecto a las mujeres se anticipó a la condición de pecadoras y proclives al mal que luego encarnarían las brujas.

Se pensaba que los milagros y maravillas sólo podían provenir de Dios o del diablo. Como ni dios ni los ángeles podían ser obligados por los humanos a realizarlos, se desprendía que el arte de brujas y hechiceros era demoníaco. Y entonces, la Iglesia decidió actuar contra los cultos de brujas.

Se catalogaba como “heréticos” a la hechicera, al hereje, al fornicador y al judío inmerso en una sociedad cristiana que rechazaba sistemáticamente la divinidad de Jesús. Ellos eran los enemigos que debían ser perseguidos y exterminados.

El primer juicio formal contra los herejes de la Edad Media, se celebró en Orléans, Francia, en 1022. Así empezó la cacería de brujas, la cual continuaría hasta finales del siglo XVII.

El apoyo de Federico II concedió al Papado para terminar con la herejía, después de su conversión en 1220, inauguró la colaboración entre la Iglesia y los poderes públicos, la cual resultó esencial para el funcionamiento del tribunal inquisidor. Posteriormente se dotó de códigos al procedimiento inquisitorial y, finalmente, se instauró la tortura.

Fue durante el siglo XIV que los aquelarres tomaron la forma de Misa Negra. El terror a la brujería y el enjuiciamiento de brujas en las regiones católicas y protestantes creció notablemente entre 1560 y 1660. El mismo Martín Lucero declaró, en su época, que todas las brujas debían ser quemadas por herejes y por su unión con Satanás; y las persecuciones en las regiones calvinistas eran comparables a las que se producían en las áreas católicas y luteranas.

En este tiempo, ya era un asunto corriente que los familiares se delataran entre sí. Existían también los delatores profesionales.

La función más importante que desempeñaron durante ese periodo la creencia en la brujería y la consecuente cacería de brujas fue la de crear chivos expiatorios, mediante los cuales se promovía la cohesión de las comunidades cristianas.

El exterminio de las brujas era importante para la configuración del nuevo orden que buscaba instaurar la Iglesia, pues ellas eran las depositarias de las creencias populares y las que por siglos habían sido transmisoras de este conocimiento ancestral, esencialmente femenino.

Las brujas eran sojuzgadas en masa y condenadas por una palabra. Era difícil que pudieran defenderse, debido a la estructura patriarcal de la sociedad europea, tenían poca influencia y escasa posibilidades de exigir ante la ley que se les reivindicara. Fueron quemadas 7, 000 brujas en Tréveris y 500 en Génova sólo en tres meses (1513); 800 en Wurzburgo; 1, 500 en Bamberg. Entre las ajusticiadas había hechiceras de 11 y 15 años.

Durante la época de la Inquisición, ésta vigilaba cada momento de la vida de los individuos, desde su nacimiento. La Inquisición era la instancia que otorgaba los certificados de buena vida y costumbres, requeridos para defenderse de cualquier acusación de brujería.

Con las persecuciones, las prácticas paganas se recrudecieron. Tanto la corte inglesa como la francesa estaban implicadas con brujas, envenenadores y practicantes del satanismo. Sin embrago, los nobles implicados no fueron quemados, los que no huyeron fueron desterrados.

Según una de las obras más importantes acerca de la cacería de brujas, el Malleus Maleficarum, las mujeres son “quienes más adictas se muestran a las Supersticiones Malignas… Las comadronas superan a todas las demás en malicia… Toda brujería procede del apetito carnal, que en las mujeres es insaciable… por lo cual, para satisfacer sus deseos, copulan incluso con demonios”. En ese documento también se señalan criterios para la identificación de las brujas, se explica hasta dónde llega su poder, se expone el modo de combatirlas y se especifican los procedimientos de juicio y tormento.

Entre los principales métodos para establecer la identidad de las brujas tenemos la búsqueda de marcas y la ordalía del agua. Las marcas visibles no eran, sin embargo, los únicos signos de un pacto con Satanás. La persona podía haber sido marcada con fuego por el diablo de manera que sólo quedara una señal invisible sobre su cuerpo. Se suponía que en tal punto no había sangre, de ahí que sólo pudiera localizarse mediante lo que se llamaba “punción”. Si se clavaba una aguja en tal punto y no emanaba sangre ni causaba dolor en quien se hacía la punción, entonces dicha persona era una bruja. Así nació una nueva profesión: la de punzadores de brujas, cuya tarea consistía en localizar las marcas de brujería visibles como senos adicionales. Para ello afeitaban completamente a las sospechosas.

En la prueba de las inmersiones, la mujer era arrojada atada de manos y pies en un lugar profundo lleno de agua: si se hundía, era inocente; si flotaba, culpable. Así, muchas mujeres inocentes murieron ahogadas.

Una vez que se tenía la confesión, la sentencia y la ejecución eran procedimientos muy serios, desarrollados con una estricta observancia de la legalidad. Para la ejecución se convocaba al público. En esos ceremoniales, además de la tortura que ya habían padecido durante los interrogatorios, las brujas eran apedreadas mientras ardían en llamas. A veces les cercenaban una mano o un pie, o las descoyuntaban antes de arrojarlas a las piras.

Mientras los manuales de los inquisidores se multiplicaban, el insoportable hedor proveniente de las hogueras obligaba a las buenas conciencias a cerrar las ventanas, mientras los clérigos rezaban por las lamas de las mujeres achicharradas en las llamas.

La obra de Jean Bodin publicada en 1580, De la démonomanie des sorciers, que se convirtió en un clásico, tuvo como primer objetivo atacar la magia renacentista. Bodin también atacó con fiereza la obra de Johann Weyer (1515-1588) quien fue uno de los pocos que se alzaron en contra de las cacerías de brujas. Él distingue entre brujas y envenenadores y sostiene que las acusaciones se realizaban con demasiada ligereza.

El mundo isabelino inglés estuvo poblado por espíritus buenos y malos, hadas, demonios, brujas, fantasmas y hechiceros. El poema épico en que se expresaron las aspiraciones de aquella edad se desarrolla alrededor de una reina de las hadas y una de las figuras más importantes es un hechicero. En las más grandes obras de Shakespeare se encuentra una atmósfera plagada de lo oculto.

Cuando Jacobo VI de Escocia accedió al trono de Inglaterra bajo el nombre de Jacobo I, en 1603, el problema de la brujería se agudizó, ya que este monarca creía en las brujas y estaba convencido de que se conspiraba para hacerle daño por medio de hechizos.

En síntesis, la preocupación del hombre renacentista se centró en la distinción entre magia verdadera y falsa, entre alquimia verdadera y falsa, así como en la recuperación de cuanto la Edad Media había condenado como diabólico. No obstante, en el continente europeo se continuó procesando y quemando brujas hasta bien entrado el siglo XVIII.

La persecución de herejes y brujas también se extendió al Nuevo Mundo. Así, el tribunal inquisidor se instaló en México a finales de 1571. El primer auto de fe se presentó en 1574. Entre los penitenciados estaba “cierta mujer hechicera, que por medio de ciertas artes mágicas hizo venir a su marido desde Guatemala en el espacio de dos días, tiempo considerado insuficiente para recorrer un camino de dos mil leguas. Interrogada por qué había hecho esto, contestó que para gozar del hermosísimo rostro de su marido y de su boca, siendo aspa que era muy feo y repugnante”. Todos los hechos quedaron consignados en el Códice Aubin.

En los Estados Unidos de Norteamérica también se persiguió a las brujas. El proceso más relevante, por sus implicaciones políticas, fue el de Salem, cuidad noreste del estado de Massachussets, en 1962. El pastor Samuel Parris llegó a Salem acompañado de su familia y de la esclava negra Titube, quien sería la causante de la tragedia. Elizabeth y Abigail, sobrinas del pastor, empezaron a padecer raptos o arrobamientos externos atribuidos a la intervención del demonio. La intolerancia religiosa reinante en toda la región de Nueva Inglaterra, ala que pertenece Massachussets, alentada por el fanatismo furibundo de Boston, aceleró y agravó los hechos siguientes. A Titube y a varias mujeres más se les encarceló y se les acusó de hechiceras y de “inducir la presencia del demonio en las mentes y cuerpos de las muchachas”. A pesar de que la única prueba confirmada de brujería en los procesos de Salem fue la utilización de imágenes de cera por parte de dos de las condenadas, 31 de las 150 personas que fueron detenidas murieron ejecutadas.

En el siglo XIX, se generó un renovado interés en el fenómeno de la magia y la hechicería. Los trabajos de Jules Michelet y otros estudiosos –quienes sugirieron que la brujería era un culto a la fertilidad muy extendido en la Europa medieval y que sobrevivía al paganismo precristiano- influyeron en las primeras décadas de este siglo en la tarea de antropólogos y estudiosos del folclor como James Frazer y Margaret Murray.

El interés por el ocultismo se puso de moda entre intelectuales y poetas como Algernon Blackwood y Charles Baudelaire. En los primeros años de este siglo, gozó de popularidad entre bohemios y magos como Aleister Crowley, cuyas doctrinas eran una mezcla de alta magia, baja hechicería, satanismo, hedonismo y argumentos históricos y filosóficos espurios.

De acuerdo con los seguidores del inglés Gerald Gardner, este hombre fue iniciado en la religión antigua por una bruja llamada Dorothy Cluteerbuck. Este moderno mago se basó en los trabajos de Murray, en los de Crowley y en su propia experiencia con organizaciones ocultistas como la Orden Hermética de la Rama Dorada y la Orden del Templo del Oriente de Crowley. Este movimiento tuvo numerosos adeptos, especialmente en los países anglosajones.

En la actualidad, en todas partes del mundo, la brujería adopta formas esencialmente similares. La diferencia más importante es que, en algunas sociedades no occidentales, los brujos (chamanes, curanderos o médicos brujos) tiene roles establecidos de modo indiscutible en sus comunidades. Se les venera y respeta. La comunidad depende de ellos para curar a los enfermos, hacer que llueva y asegurar el éxito en la cacería o en la guerra, también se les consulta para exorcizar los demonios que se posesionan de los miembros de la comunidad.

En la india, por ejemplo, aún se recurre a brujos y hechiceros. También las brujas forman parte importante de la vida cotidiana en Myanmar (antes Birmania), Malasia, Indonesia y otras partes de Asia. Asimismo, la brujería está muy extendida en África. El vudú que se practica en Haití y otros países es una forma de brujería, como lo son también los cultos demoníacos de las islas Salomón y las Nuevas Hébridas. Oceanía posee sus prácticas y hechizos, lo mismo que los Estados Unidos.

Hoy en día, no han dejado de producirse de cuando en cuando fenómenos curiosos relacionados con la brujería, que incluso han provocado la intervención de la justicia o la muerte de algunos de los involucrados.

Por lo regular, todas las sociedades contemporáneas respetan a las brujas y a quienes las consultan. Si acaso, se mantiene un cierto aire de escepticismo en cuanto a la eficacia de sus trabajos.

La bruja o hechicera ha logrado instaurar todo un mito que ha perneado el folclor de todos los pueblos del mundo. Resulta fascinante explorar la arqueología de este personaje, así como los distintos sustratos que revela.

Su era de bonanza, se remonta a los tiempos paganos. Es la diosa que preside la vida y la muerte, la Señora de las Bestias, la recipiente de Sabiduría, la gozosa. Sin embargo, la figura positiva, el cuerpo sensual y equilibrado, se va a desmoronar y transformar bajo la presión de la sociedad patriarcal y de la religión cristiana. A partir de entonces se asocia a las brujas con los vampiros o aves que se alimentan de sangre humana.

Son los atributos de Lilith los que encarnan, a través de las brujas, los más profundos temores masculinos a la impotencia, la castración, la debilidad y el aislamiento ante unas desenfrenadas sexualidad, afirmación e independencia femeninas.

En la mitología escandinava, ningún ser mitológico es más potente que la malvada Baba Yaga. Esta vieja, flaca y horrible, con el pelo desgreñado, vive en una cabaña rodeada por una barda construida con esqueletos humanos. La cerradura es una boca humana con dientes afilados. Durante la noche, o en momentos de peligro, los ojos de los cráneos empiezan a brillar alumbrándolo todo. Después de una apetitosa comida a base de carne humana, Baba Yaga se recuesta proyectando su larga nariz a través del techo como un pico de ave.

Un siniestro aliado de Baba Yaga es la serpiente conocida como Zmei Gourywch que significa “serpiente de las montañas”. Zmei algunas veces se presenta como una mezcla de características animales y humanas.

La bruja se convierte en todo aquello que no se puede comprender o admitir y que se desea eliminar, no integrar. Pero la bruja nació como la imagen de la diosa destronada, aunque se le haya disfrazado de manera horrible y diabólica. Por eso a la bruja se buscó reducirla al silencio. Pero su palabra sigue viva. Con un respeto en el que se mezcla el temor, se continúa acudiendo a la vieja mujer silenciosa y solitaria que cuece plantas, cura los cuerpos y arregla los espíritus.

En el Antiguo Testamento, así como en las obras de Horacio, Virgilio, Tibulo y Luciano, las brujas vuelan durante la noche, componen pociones amorosas y venenos con yerbas; también sacrifican niños y hablan con los espíritus de los muertos.

Ovidio dice que la bruja Dipsas, en los Amores, que está recurría a su amplio conocimiento sobre drogas herbolarias; que era capaz de conjurar a los espíritus; que adoptaba forma de ave, y que era experta en nigromancia.

Horacio habla de Canidia. Relata cómo ella y otra bruja se reunieron a medianoche en el monte ante la estatua de Príapo. Ambas, con el pelo desgreñado, despedazaron una oveja negra, se la comieron y vertieron su sangre en una copa de la que fueron bebiendo sorbos, mientras derretían lentamente una figura de cera en el fuego. Para recuperar a su amante. Canidia se reúne con otras tres brujas y confecciona un hechizo a base de varias sustancias, entre las que se incluyen higos de una higuera, que haya brotado de una tumba, sangre de sapo, huesos y plumas de lechuza.

En el siglo V a.c. Teócrito, en su Pharmacuetra, narra la historia de Samaetha, quien junto con su criada imploran la ayuda de Selene para hacer un encantamiento con que recobrar a su amante.

Posteriormente, el Siglo de Oro español dio varias figuras de brujas importantes: la Celestina, la Camacha y la Fabia destacan entre las más famosas.

En Inglaterra, las obras de Shakespeare, de aire misterioso, están pobladas de presagios, espectros y la presencia de brujas. Las más famosas son las que aparecen en Macbeth.

Un tema de gran popularidad es el de la criatura que carece de atractivo físico como resultado de un maleficio del que se libera para volver a sui condición normal, bien sea por su valor o simplemente por amor, como en la Bella y la Bestia y el Príncipe encantado.

Otra forma que adopta en los relatos las brujas, desde el comienzo de los tiempos, es la de “la dama abominable”. Está es la contraparte de la bestia masculina. Aparece bajo un disfraz espantoso, y a veces está vigilando una fuente, un pozo o un tesoro, y normalmente pide un beso o un abrazo a cambio de algún favor. A los que se niegan les espera una desgracia, pero el que accede provoca la transformación de la bruja en una doncella hermosa y de sangre real; se casa con ella, y de este modo se convierte en rey.

La “dama abominable” pasó de la leyenda a la literatura popular con el cuento de Chaucer La Comadre de Bath, donde la vieja se transforma en una mujer hermosa cuando el héroe se casa con ella.

Se trata de cuentos de amor-transformación que enseñan que el poder del amor es más eficaz y poderoso en sus resultados que cualquier hechizo.

En Hansel y Gretel, a vieja bruja recuerda el mito griego de Lamia, cuyo mayor placer era robar niños y comérselos.

Otro tema que aparece en la literatura d todos los tiempos es la transformación de la bruja en animal.

En el siglo XIX, una de las novelas notable que aborda el tema de las brujas es Amber Witch, de Wilhelm Meinhold. En el relato de “La Sonrisa de la muerte”, contenido en el libro Wandering Ghosts, de F. Marion Crawford, se introduce a la bañes o bruja. En El Bosque Embrujado, John Buchan describe la supervivencia de un diabólico aquelarre en un solitario distrito de Escocia.

El tema de las brujas en la literatura resulta inagotable, tanto por el número de relatos escritos como por los motivos de inspiración y la materia prima derivada de ellos para otras obras. Y por la profanidad de las capas inconscientes que toca en los seres humanos, podemos pensar que habrá de ser permanente. Quizá con la toma de conciencia de los valores femeninos que se esta produciendo en nuestra época renazcan en el futuro las características positivas, y aun creadoras, de las magas de los cuentos que impregnen y nutran nuestra vida.